Recuerdo vívidamente las tardes de los viernes y sábados de mis catorce, quizás quince años. Quedar en aquella esquina de la calle principal del pueblo con los demás y empezar a caminar con un rumbo prefijado. Anticipábamos desde ese momento qué íbamos a comprar en aquella tiendecita oscura —insalubre diría hoy en día, pero la juventud está para arriesgarse— en la que vendían revistas, algún juguete y muchas chucherías.
No había nada que no tuviera un aspecto claramente industrial. Bollería cubierta de chocolate, palmeras metidas en celofanes de colores y nuestra merienda preferida: los cortes rectangulares de pizza de jamón y queso. Después, nos dirigíamos al parque para sentarnos en el respaldo del banco, dar buena cuenta del botín, y pasar la tarde asándonos de calor o pelándonos de frío. Lo que tocase. Durante décadas, generaciones de jóvenes han repetido rituales parecidos a este, haciendo suyo el espacio público.
Esa asociación del espacio público con la juventud es cada vez menos natural. Hoy, no solo los jóvenes salen menos, sino que han trasladado sus espacios de socialización a otros lugares. No estamos ante un proceso que se ha gestado rápidamente, sino que paulatinamente los parques empezaron a ser sustituidos por los centros comerciales y, ahora, por los supermercados. Sí, han leído bien, los supermercados.
Los jóvenes han trasladado sus espacios de socialización a otros lugares (...) los parques empezaron a ser sustituidos por los centros comerciales y, ahora, por los supermercados.
Hace unos meses, me escribió mi madre para contarme, asombrada, que las mesas que el supermercado ponía a disposición de la clientela para consumir sus productos preparados estaban llenas de adolescentes. La mayoría, con una bebida energética en una mano, el teléfono en la otra y alguna pieza de bollería o paquete de papas delante. No puedo negar que la anécdota me sorprendió, no por la actitud de los jóvenes, sino por el lugar. ¿Quedar a pasar la tarde en el supermercado? ¿Existe un lugar más impersonal y aséptico que ese?
Curiosamente, tras una reciente visita al pueblo, pude comprobar que no se trataba solo de ese supermercado en concreto, sino que en otro también habían decidido colocar mesas y sillas, con el claro objeto de atraer a la chavalada.
No obstante, no es la primera vez que los supermercados son escenario de nuevas prácticas sociales. Hace aproximadamente un año se convirtió en viral —tanto que incluso la BBC se hizo eco— una nueva práctica de ligoteo: la consigna era ir a Mercadona entre las 7 y las 8 de la tarde, pasar por la frutería, meter una piña boca abajo en su carrito y esperar a que alguien chocase su carro de la compra con el suyo. Llegó a desarrollarse tanto que el acompañamiento de otros artículos servía para concretar aún más las intenciones del “consumidor”: lentejas junto a la piña para indicar preferencia por las relaciones serias, precocinados para los escarceos de una noche. Como casi todo hoy en día, solo se trató de una moda pasajera, pero subyace el síntoma de algo mucho más profundo.
Volviendo a la redefinición de los espacios, quizás esta práctica cuaje, se normalice, y en cada nueva apertura o reforma de supermercado se incluyan sillas y mesas para atraer ya no a potenciales compradores, sino a ese público que antes ocupaba otros lugares más personales, más propios, pero seguramente menos cómodos y convenientes.
La socialización se vincula cada vez más al consumo y ya prácticamente nada resulta gratuito.
La socialización se vincula cada vez más al consumo y ya prácticamente nada resulta gratuito. No es de extrañar que en muchas ciudades las calles y plazas sean cada vez sitios más áridos, con menos sombra y cobijo, lo que convierte en idóneos aquellos lugares que ofrecen ventajas como el aire acondicionado o la calefacción. Solo hay que fijarse, por ejemplo, en quienes atraviesan la Plaza de la Reina de Valencia en pleno mes de agosto con prisas y huyendo del calor abrasador.
¿Cuál es, entonces, la diferencia entre los supermercados convertidos en cafeterías improvisadas y las cafeterías de verdad? En mi opinión, está en el precio, que puede oscilar entre los apenas 3 euros en el supermercado y los 12 euros en una cafetería de especialidad en Madrid, por poner un ejemplo.
El rango de edad en el que se observa esta práctica, mayormente adolescentes —aunque no negaré que también he visto parejas más allá de los veinte desayunando en un Mercadona— busca la comodidad que ofrecen estos lugares con los precios más bajos posibles, por lo que no les importa renunciar a los servicios y la calidad que encarecen la experiencia, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de cadenas de comida rápida también apuestan por el self-service.
Las tardes de estos chavales están 'amenizadas' por la invasión publicitaria de jingles y ofertas del día o el ambientador cuidadosamente elegido por la cadena.
Existe una tendencia hacia la uniformidad en la sociedad actual. Cuando viajamos, resulta cada vez más difícil observar las diferencias entre ciudades y países entre las clónicas tiendas de ropa y las franquicias de alimentación que invaden las calles principales de la mayoría de capitales. Si se elige un Starbucks o un McDonald’s en cualquier lugar del mundo por la seguridad que transmite encontrarte con prácticamente la misma oferta a 12.000 km de distancia, ¿qué impide trasladar este concepto a las tardes con amigos de los adolescentes?
No sé si estos jóvenes que quedan en supermercados recordarán sus tardes de la misma manera que yo que, a veces, todavía me pregunto cómo el queso podía tener una forma cúbica tan perfecta incluso después de haber pasado por el horno. Lo que sí sé es que las tardes de estos chavales están “amenizadas” por la invasión publicitaria de jingles y ofertas del día o el ambientador cuidadosamente elegido por la cadena, a diferencia de las mías, en las que abundaba el olor a la humedad del otoño valenciano y podíamos, casi sin considerarlo un privilegio, contemplar el atardecer con el crujido de las pipas como principal ruido de ambiente.