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A cuchillo

De la turismofobia a la localfobia: cuando la hostelería expulsa a los vecinos

COLUMNA | Limitar el tiempo, coger vez o pagar más si comes solo. Las ocurrencias de ciertos hosteleros hacen pensar que los vecinos no entramos en su plan de negocio

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Terraza de restaurante con vistas a la playa de Barcelona / Foto: Canva

En Barcelona tocamos a casi cinco turistas por habitante. Así lo revela un reciente estudio que sitúa la capital catalana como la más masificada por el turismo de España. Algo que, en realidad, no sorprenderá a nadie que viva o se haya pasado por la ciudad últimamente, pero que ahora queda certificado con números.

Que sí, que todos somos turistas a ratos. Incluso guiris que nos hemos sentado alguna vez en algo equivalente a una terraza de Las Ramblas. El debate ya no va de las ventajas e inconvenientes del turismo o, mejor dicho, del reparto social de los beneficios y los problemas que acarrea.

El día a día para muchos se parece más a la localfobia: a algunos negocios, los vecinos les molestamos.

Hemos pasado a la siguiente pantalla de este juego. Aunque las pintadas en el barrio de Gràcia durante sus recientes fiestas hayan servido para rescatar eso tan socorrido de la turismofobia, en realidad el día a día para muchos se parece más a la localfobia: a algunos negocios, los vecinos les molestamos.

Primero fue limitar el tiempo para tomar un café o comer un menú. Luego llegó lo de tener que coger vez, con su ticket y todo, como si el bar fuera la pescadería del mercado y quién da la vez. La última ocurrencia de cierta hostelería que ya ni disimula es decir que si estás solo, te vayas a otro sitio porque prefieren un grupo o, al menos, una pareja.

La última ocurrencia de cierta hostelería es decir que si estás solo, te vayas a otro sitio porque prefieren un grupo o, al menos, una pareja.

La lógica empresarial y económica es evidente. La legalidad, así en frío, cuestionable. Lo veíamos hace poco en aquel estrella Michelin que aplicaba el mismo criterio para sus reservas e incluso ya cobraba más el menú degustación si sólo era para un comensal que para una pareja o más.

Ahora el formato parece que ha ganado terreno en Barcelona. O al menos titulares, porque está siendo uno de los temas del verano. ¿Es verdad eso que dicen de Barcelona que no se puede ir a cenar uno solo?, me preguntaban hace poco en el País Vasco. Eso cuentan compañeros de otros medios, les decía, mientras miraba preocupado hacia algunas calles de Bilbao o Donostia donde parecen querer ir de cabeza en esa dirección.

Incluso en temporada alta y con las reservas a tope, cuando alguien del pueblo pide mesa siempre se intenta conseguir un hueco, me explica el responsable de un conocido asador de la costa guipuzcoana. Seguramente el ticket de una reserva de turistas sea mayor, pero es que un martes de febrero el cliente local será el que permita que el negocio sobreviva, señala.

Un martes de febrero el cliente local será el que permita que el negocio sobreviva.

Una ecuación que no se cumple cuando siempre hay turistas dispuestos a sentarse en la terraza. O expats con sueldos europeos a los que el café a más de dos euros o la caña a cuatro les parece barato. Ese melón igual tocaría abrirlo también algún día.

Pero volvamos a la localfobia de esos lugares que piden compañía y tal vez pronto copia compulsada de la Renta para sentarse a cenar. Ocurre en barrios con gran presión turística, como la calle Blai de Poble Sec, una de las zonas cero que siempre suelen mencionarse cuando se escribe sobre este tipo de prácticas.

Por un lado, la solución es fácil: te vas a Koska Taberna en la misma calle donde no hay que soportar estas tonterías y además tienen una de las mejores tortillas de la ciudad. En cierto modo, es como lo de los turnos con su correspondiente restricción de horario: estas son mis normas, si quieres bien, sino hasta luego.

La misma hostelería que pedía ser salvada durante y tras la pandemia ahora nos da la patada.

El problema es que esa lógica de la competencia, la oferta y la demanda y todo ese discurso, si no es bidireccional es hacer trampa. La misma hostelería que pedía ser salvada durante y tras la pandemia, los negocios que confiaron en el cliente local para sobrevivir durante años, e incluso esos gremios que ejercen de lobbys para que la inversión pública extienda más alfombras rojas al turismo, ahora nos dan la patada.

Los vecinos somos menos rentables. Puede que más exigentes porque contamos con la baza de volver o no. Y puede que incluso algún día cenemos solos, o se nos alargue una caña más de la cuenta ocupando una mesa. Esas cosas de barrio que, al parecer, no entran en su plan de negocio.

Por suerte, más allá de los titulares de verano y de los sustos de cada año, todos sabemos que la mayoría de negocios, grandes y pequeños, intentan hacer las cosas lo mejor posible. Y cuidar a sus clientes, sean del barrio o visitantes.