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Opinión

El vino como patrimonio: ¿Cultura o espectáculo?

4 minutos

Copas de vino en una imagen de archivo / SIMÓN SÁNCHEZ

Hace unas semanas surgió en X un debate interesante. En él, se elevaba al vino a la categoría de patrimonio por encima de casi todo lo tangible, con unas ínfulas que rozaban lo solemne, hasta rematar con una afirmación tajante: el vino es cultura.

Uno de los participantes respondió en sentido contrario. Sostenía que afirmaciones como esa habían contribuido, precisamente, a llevar al vino al lugar en el que hoy se encuentra. Son dos puntos de vista distintos, y por eso mismo el debate me parece tan sugerente.

Si uno observa al mundo que rodea el vino, comprobará que existe una tendencia moderna a elevar el vino por encima de cualquier otra práctica agraria. Incluso muchas afirmaciones lo sitúan en un pedestal de misticismo que a menudo roza el clasicismo esnob rancio. Sin embargo, si nos atrevemos a hacer un ejercicio de "desescombro" y quitamos las capas de marketing para buscar el cimiento real, la pregunta surge sola: ¿Es el vino una forma superior de cultura o es, simplemente, una labor agrícola que ha sabido venderse mejor?

Para entender el vino, primero hay que bajar al suelo. La verdadera cultura no reside en la etiqueta, sino en la labranza. El saber hacer — Know How como ahora se dice — de ciertas prácticas agrícolas, como el vareo de la aceituna, la recogida manual del espárrago blanco de Tudela o la alcachofa del Prat, constituye, a mi entender, un acto cultural tan valioso como la vendimia.

Estamos ante un patrimonio inmaterial intergeneracional. Es la sabiduría acumulada de quienes saben leer la tierra y el clima, transmitida de padres a hijos durante generaciones. 

En este sentido, un aceite de oliva virgen extra —AOVE— es tan "cultura" como el mejor de los vinos; ambos están arraigados a sus zonas, a sus tierras y a su modo de vida. No existe una jerarquía moral en el esfuerzo físico del campo —aunque algunos se empeñen en insinuarlo— ni en la conexión con el ciclo de la naturaleza, sea cual sea el fruto que se recoja. Por eso, a mi juicio, en la raíz toda labranza es cultura. Nace en el seno patrimonial de una sociedad y debe transmitirse generación tras generación.

Eso sí, una ventaja singular del vino es su capacidad de evolucionar mientras se conserva. A diferencia del espárrago blanco o del aceite, que nacen para ser consumidos en su frescura y cuya calidad declina con los días, el vino posee una "curva de vida" que le permite madurar y transformarse décadas después de la cosecha. Pero esa diferencia no responde a un mérito agrícola superior, sino a una particularidad de su química.

Esta capacidad de archivo histórico, sumada a su naturaleza psicoactiva que lo desplaza del estante del "sustento" al del "deleite espiritual", es el gancho perfecto. Las culturas antiguas nos demostraban precisamente esto mismo disfrutándolo en bacanales. A esa capacidad de archivo histórico se añade una potencia más profunda: el vino no solo procura placer y desinhibición, sino que se ha presentado durante siglos como una suerte de líquido sagrado. Pocos productos han concentrado con tanta eficacia esa mezcla de goce, rito y prestigio simbólico. De ahí que, muchas veces el vino recibe esa veneración casi divina.

Pero esas mismas culturas también sembraron una diferencia de clase alrededor del vino. Durante mucho tiempo, los vinos del año —más frescos y agradables que los de campañas anteriores— quedaron reservados a las élites. Conviene recordar, además, que la estabilización del vino no llegó hasta épocas relativamente recientes. Incluso los primeros espumosos fueron celebrados antes por la nobleza europea que por el pueblo.

Ahí está, para mí, una de las raíces del problema actual: seguir otorgando al vino un estatus clasista y separarlo de aquello que lo sostiene, que es la tierra. El marketing de las últimas décadas ha querido alejarlo de cualquier rastro de provincianismo, provocando una ruptura generacional en su consumo. Elevar la experiencia de beber vino a la altura de escuchar una pieza de Verdi o contemplar un cuadro de Velázquez no solo resulta exagerado, sino que a veces incurre en un agravio comparativo innecesario.

Es una paradoja bastante común: para mantener un estatus o marcar una diferencia social, a menudo se cae en la tentación de elevar algo por encima de todo lo demás. Si no entiendes de literatura, pintura o música, pareces quedar automáticamente del lado de la incultura. Y, sin embargo, pocas formas de ignorancia son mayores que la de no compartir el conocimiento. La falta de empatía cultural revela una pobreza de mirada mucho más seria que cualquier carencia erudita. Utilizar el conocimiento como herramienta de distinción no vuelve a nadie más valioso; apenas lo vuelve más inaccesible.

En el vino encontramos a menudo ese mismo mecanismo. Se ha querido elevar lo que, en el fondo, es un patrimonio que nace a ras de suelo a la categoría de algo exclusivo, reservado para iniciados. Lo más llamativo es que denominaciones de origen, estrategias de marketing, prescriptores y un amplio coro de legitimadores lo han reforzado durante años. Generación tras generación, esa mirada ha ido calando hasta separar al vino, al menos en parte, de sus propios orígenes.

La mayor prueba de que el esnobismo actual no aprecia realmente la cultura es el trato que reciben los vinos más complejos. Joyas como los vinos rancios, los oxidativos o los dulces históricos de muchas zonas europeas, que representan la máxima expresión del esfuerzo humano y la paciencia, se venden a menudo a "precio de derribo".

Si el mundo del vino fuera realmente culto y valorara el patrimonio inmaterial, estos tesoros —que requieren décadas de custodia en bota— serían los más cotizados. El hecho de que el mercado prefiera pagar cifras astronómicas por una etiqueta de moda frente a un vino tradicional que requiere un paladar educado, demuestra que no buscamos cultura, sino reconocimiento social. Se ha creado una jerarquía artificial donde el lujo ha secuestrado a la tradición.

El vino es cultura, sí, pero no por el cristal de la copa ni por el título del Château. Es cultura porque es un proceso agrícola con un final de autor.

Si aceptamos que la cultura es el esfuerzo humano adaptado al territorio, debemos concluir que un vino de mesa tradicional posee la misma dignidad que el más caro de los grandes vinos. La cultura del vino solo es auténtica cuando es capaz de reconocerse en cualquier proceso de transformación de la tierra; lo demás es consumo de estatus.

Al final del día, el valor real no está en lo que el vino vale en los rankings, sino en la memoria que guarda de las manos que, generación tras generación, han seguido trabajando bajo el mismo sol. Eso sí es cultura, y conviene recordarlo.