Si nunca te has preguntado qué diferencia hay entre fresas y fresones y cuál es su origen, te lo aclaramos en esta pequeña introducción al mundo de la fresa, una fruta de lo más sugerente que tiene en mayo su momento álgido.
En realidad, cuando en este país se compran, se comen y se habla de “fresas”, generalmente nos referimos a los fresones. Esta fruta nació, tal y como la conocemos hoy, en la Francia del siglo XVIII, centuria de ilustres e ilustrados botánicos, expedicionarios curiosos y espías de la corte, como Amédée-François Frézier, quien se topó por casualidad con estas “frutillas” en un viaje a Chile en 1712.
Tan dulces, carnosas y grandes las encontró que se llevó de vuelta para casa cinco plantas vivas de Fragaria chiloensis con el fin de hibridarlas en los jardines de la Francia del Rey Sol, momento cumbre de los fabulosos banquetes versaillescos que darían lugar a la alta gastronomía. Frézier bautizó a esta fruta del Nuevo Mundo Blanche du Chili porque su color era un tanto pálido, entre el blanco al rosáceo. Nada que ver con el rojo intenso actual.
No tuvo, sin embargo, mucho éxito porque en este momento no se sabía que se necesitaban plantas de sexos separados- las suyas eran solo femeninas- para poder fructificar. Las que Frézier había cargado en el barco de regreso eran todas femeninas. El cruce definitivo lo conseguiría otro botánico francés en 1764: Antoine Nicolas Duchesne, ya en pleno reinado de Luís XV.

Mayo: el momento cumbre
Desde entonces, los fresones, que así las llamamos para distinguirlas de las fresas silvestres, más pequeñas y menos dulces, están presentes en nuestras fruterías desde finales de enero, pero su momento cumbre es el mes de mayo.
De fresas, fresitas y fresones las hay de muchas variedades, calidades y orígenes. En España destacan los fresones de Huelva y de Aranjuez, los de Valencia y Extremadura, y, en Catalunya, los fresones más esperados y los de mejor calidad son los del Maresme o de Calella, pueblo donde se cultivan la gran mayoría. Gracias al microclima de esta comarca situada entre la montaña y el mar, sus suelos arenosos y la recogida manual se consiguen fresones de gran calidad y dulzor desde los años sesenta, aunque su producción sea menor que en otras comunidades.
¿Podemos comer fresones en platos salados?
Obviamente, sí. Una de las recetas más famosas de Arzak es, precisamente, sus boquerones en vinagre con fresas, pero eso va a gustos. La fresa permite combinaciones atrevidas si nos gustan las mezclas de sabores ácidos y dulces, el aroma almizclado, el recuerdo ligero al perfume de una piña tropical…
Eso explica, por ejemplo, que la fresa combine bien con sabores ácidos y aparentemente extraños como el vinagre, los cítricos, las especias dulces como la canela o la vainilla, la picante pimienta, el gusto punzante y ligeramente cítrico del jengibre o el sabor complejo y floral del cardamomo, y, por descontado, del azúcar.
Los clásicos como el fresón con chocolate, fresón con crema inglesa, fresón y nata montada o chantilly son imbatibles. Esta versatilidad le ha permitido superar siglos de novedades hortofrutícolas sin que desaparezca de nuestras mesas, aportando color, sabor y una nada desdeñable cantidad de Vitamina C.

Delicadeza de la fresa
Tanto si te gustan de postre como de entrante, has de tener en cuenta que la fresa es muy delicada, por eso nunca debes sumergirla en agua ni lavarla sin su pedúnculo. Basta pasarla por agua fría con cuidado de no maltratarla y cortarla como te apetezca. Luego las pones a macerar con azúcar, unas gotitas de vinagre o un poco de zumo de naranja y tendrás un postre cien por cien saludable.
Si has tenido mala suerte --mejor consúmelas rápido cuando las compres-- y te han quedado algunas pochas, hazte un batido añadiendo un yogur, medio plátano y algunos frutos rojos como arándanos y moras, o una gelatina para añadir al arroz con leche, o un buen pudding de pan de brioche, queso mascarpone y fresas.
La mermelada es también una buena solución de reciclaje, pero, si quieres ser algo más creativa, te propongo un chutney de tomate, fresas y especias- cardamomo, canela, jengibre y pimienta- que te va a encantar para acompañar una tabla de quesos o, incluso, para montarse un bikini estratosféricamente bueno de queso Montagnolo, un queso azul de Baviera muy suave y cremoso, fiambre de pavo, nueces y un poco de este chutney.
Recuerda que los frutos rojos le quedan de maravilla al foie y, por extensión, a la carne de pato, pero también siempre con moderación-- al cerdo o la caza para contrarrestar el sabor de la grasa.

Sopas y ensaladas
Desde que probamos el sabor de las cerezas, la sandía y el higo con el tomate no hemos parado de mezclar estos dos sabores en sopas, gazpachos y salmorejos, incluso con vichissoise, la clásica sopa fría de puerros. Al tomate de primavera le viene bien el empujoncito de una fresa, para subir el tono de una hortaliza que aún tiene que llegar a su punto álgido. Mézclalo todo con un queso tipo burrata, un requesón que tengas a mano o un rulo de cabra, algo más potente, y añade un poco de remolacha y las hojas verdes que más te gusten. Las espinacas le quedan perfectas.
Con couscous o bulgur, espinacas frescas y tiernas, unos cuantos langostinos y unas fresas puedes componer una increíble ensalada completa que te sacará de la rutina de los clásicos tuppers de oficina. Lo mismo podríamos decir de las bruschettas o panecitos tostados con queso fresco, brie o Camembert, trigueros a la plancha, fresas, piñones y un hilo de miel. Una combinación para darte un pequeño lujo de fin de semana que no olvidarás.