Loading...

Dónde comer

Windsor: treinta años de cocina catalana en el Eixample

De la etiqueta británica a la cocina catalana: la transformación de un restaurante histórico de Barcelona

7 minutos

Interior del restaurante Windsor, en el Eixample de Barcelona / Windsor

Algo por dentro empieza a arder. Martha Reeves lo cantó en 1963 y lo llamó Heat Wave. Ella hablaba de un amor ardiente; nosotros del mes de julio en Barcelona, que viene a ser lo mismo pero con más humedad y sin la posibilidad de escapar. La ola de calor no avisa, no acepta excusas: simplemente llega, te nubla el pensamiento y te deja pegado al asfalto mirando al cielo como si fuera culpa suya.

Y entonces ocurre lo de siempre: Barcelona arde. No de la manera dramática en que ardió la torre Windsor de Madrid aquella madrugada del 13 de febrero de 2005 —ciento seis metros de cristal y hormigón convertidos en antorcha durante ochenta horas, seis millones de litros de agua para apagarla, mil doscientos empleados de Deloitte reubicados de urgencia como quien busca sitio en un bar lleno un viernes por la noche—, ni tampoco de la manera protocolaria en que arde la Casa de Windsor cada vez que uno de sus miembros decide enamorarse de la persona equivocada delante de las cámaras. Barcelona arde de otra forma: esa manera sorda, persistente y democrática del mes de julio, cuando el asfalto se ablanda, los ventiladores dejan de ser una solución y la ciudad entera parece haberse convertido en una sartén a fuego lento.

Es en este contexto de combustión controlada donde el restaurante Windsor, en el tramo más bello de la calle de Còrsega, hace su propuesta más atractiva: menú cerrado de verano. Música en directo. Un jardín encendido, pero al fresco.

Joan Junyent: el camarero que se quedó treinta años

Hay una manera de entender el Windsor que pasa inevitablemente por la figura de Joan Junyent, y es mejor contarla como él mismo lo transmite, hecho ya a la casa como la casa a sí mismo.

El restaurante Windsor abrió sus puertas en 1996 con una decoración muy británica, seria y elegante: quería ser un restaurante distinguido, de esos que imponen nada más entrar. Seis meses después de la apertura fue que Joan entró como ayudante de camarero. Con los años pasa de camarero a maître, de maître a sommelier, de sommelier a director. Y en cuanto estuvo en sus manos, decidió empezar a cambiar las cosas: aquella línea tan clásica de decoración nunca le convenció, y el propio nombre —Windsor— tampoco le inspiraba demasiado.

Así arranca la segunda etapa del restaurante. Oscurece el local, lo hace un poco más accesible, y empieza a apostar por una cocina más centrada en el producto. Es entonces cuando ficha al que era el jefe de cocina de Carles Gaig, Ignasi Colomer, con quien durante unos diez años construye una cocina asentada en el producto y en la tradición catalana. La decoración cambia con la misma lógica: los dorados dan paso a los plateados, las tapicerías de un rosa pálido se convierten en rayas de naranjas, rojos y azules —más atrevidas—, y la moqueta gris claro se sustituye por una negra. Windsor empieza a parecerse más a sí mismo y menos a un decorado.

Entrada del restaurante Windsor

En 2012 llega el punto de inflexión definitivo: después de dieciséis años vinculado al restaurante, Joan se convierte en propietario. Es el momento de la reforma más intensa hasta la fecha —se actualiza el local, se abre la terraza, se renuevan los vestuarios— y se añade al nombre la coletilla que hoy todo el mundo asocia al Windsor: Cuina Catalana. No es un capricho estético, es una aclaración necesaria: para que nadie llegue pensando en cocina británica y etiqueta.

El último gran giro es más reciente. En el verano de 2025 desaparecen las lámparas de araña, los últimos dorados e incluso los plateados. Cambia el vestuario, renuevan la tapicería e incluso las sillas. El interiorismo se relaja del todo, con una intención muy clara: que el Windsor no sea solo el restaurante de las grandes ocasiones —las pedidas de mano, el aniversario de bodas—, sino un sitio al que ir con frecuencia, con amigos, de forma más desenfadada. De ahí la música en directo los fines de semana y también el nuevo menú compartido que proponen este verano.

Treinta años, tres decoraciones y un solo hilo conductor: alguien que entró a servir mesas y terminó decidiendo, mesa a mesa, reforma a reforma, qué tipo de restaurante quería que fuera el suyo.

Carlos Alconchel y David Rodríguez: la cocina catalana como proyecto

En los fogones, los chefs Carlos Alconchel y David Rodríguez llevan años haciendo algo que parece sencillo y no lo es: modernizar la cocina catalana clásica sin traicionarla. Su propuesta parte del mercado y de la temporada, recupera recetas históricas con criterio contemporáneo y las pone en diálogo con el producto local. No se trata de fusión ni de nostalgia. Es cocina catalana entendida como un proyecto vivo, que cambia con las estaciones y se niega a convertirse en una pieza de museo.

Se nota en un plato como el que suele salir de esta cocina en verano: gambas y cigalas de roca sobre una base de tortilla de patatas, con un jugo oscuro y concentrado de fondo, chalotas y cebollino por encima. Nada sobra, todo está pensado: el producto se sirve sin artificio, tal cual es.

El Windsor se ha ganado su lugar entre las referencias indiscutibles de Barcelona no por estridencia, sino por coherencia. Año tras año, la Guía Michelin revalida su distinción —la última vez, a finales de 2025— como quien confirma algo que sus clientes ya saben: que aquí la excelencia no es casualidad, es costumbre.

Un rincón de Barcelona que merece más atención

El restaurante ocupa un edificio modernista en uno de esos rincones del Eixample que Barcelona conserva en su interior. La calle de Còrsega, a la altura del 286, es ya el segundo tramo de la calle después de rambla Catalunya donde la ciudad se abre arbolada hacia Balmes con una generosidad poco habitual en el ensanche. A pocos metros, la jirafa de Rambla Catalunya —uno de los emblemas más ninguneados de la ciudad— vigila el barrio con su altura de escultura olvidada. Es un trozo de Barcelona tranquilo, con escala humana, que los que lo conocen frecuentan y los que no lo conocen se pierden.

Propuesta del restaurante Windsor

Y quien lo conoce, vuelve de maneras distintas. Está la mesa de negocios que cierra un acuerdo entre plato y plato. Y está también la sobremesa larga, la de un grupo de amigas reunidas en uno de los reservados del restaurante, bajo un telón de terciopelo verde que convierte cualquier comida en algo casi teatral: una tabla de quesos y embutidos en el centro, copas de vino blanco, y un camarero que se acerca con una cerveza recién tirada mientras la conversación sigue su curso. Ese es el otro Windsor, el que Joan quiso construir con la última reforma: el del restaurante al que se viene sin necesidad de una gran excusa.

Menú para una noche de verano: el Compartit

Y de eso trata también El Compartit, una de las mejores propuestas para este verano: de volver a poner la mesa en el centro, literalmente. Fuentes para compartir, raciones pensadas para el centro de la mesa y no para el plato individual, ese punto informal que casa con la nueva vocación del restaurante. Una paella dorada, recién salida del fuego, servida en su propia sartén de hierro, con pan y un vino tinto de la casa como acompañamiento natural.

De postre, el Pijama Windsor. Conviene detenerse aquí un momento, porque el Pijama no es un postre cualquiera: es un pedazo de historia gastronómica barcelonesa con más capas que el propio postre. Nació en el 7 Portes a principios de los años cincuenta, cuando los marineros de la VI Flota americana desembarcaban en el puerto de Barcelona y pedían, como postre de moda, el pêche melba francés —melocotón, helado, la receta creada para la cantante de ópera Nellie Melba—. El abuelo Parellada escuchó "peach, peach" tantas veces que acabó convirtiéndolo en Pijama, añadió flan, nata, guindas en almíbar y lo hizo suyo. Una traducción libre, pantagruélica y absolutamente barcelonesa de una receta francesa que había viajado hasta aquí en boca de unos soldados americanos. Así funciona la buena cocina popular: por acumulación, por accidente, por ganas de dar placer.

Entre los setenta y los noventa el Pijama reinaba en los restaurantes de toda índole. Luego desapareció de casi todas las cartas, víctima de los mismos tiempos que liquidaron los entremeses variados y las tartas de whisky. Que el Windsor lo reivindique hoy, con nombre y versión propia, dice algo sobre el tipo de restaurante que es: uno que sabe que los clásicos no pasan de moda, simplemente esperan a que el mundo les vuelva a dar la razón.

El vino que acompaña: Oriol Pérez de Tudela y El Vi a Punt

Para beber, el menú apuesta por los vinos de Oriol Pérez de Tudela, una figura que se mueve en los márgenes más interesantes del mundo vinícola catalán: humanista de formación, viticultor de convicción, y poco dado a los convencionalismos del sector. Su proyecto, El Vi a Punt, nace de una idea tan sencilla como radical: que el vino honesto y de origen tenga sitio en la mesa de cada día. Sus viñas están en la D.O. Terra Alta, en un territorio de influencia mediterránea donde la vida lleva arraigada desde los tiempos del Imperio Romano. Vinos sencillos, dignos.

Copa de vino en el restaurante Windsor / Windsor

Al final, sin embargo, también hay sitio para lo clásico: una copa de vino grabada con el nombre Windsor. Esa mezcla de cercanía y elegancia es el legado de Joan Junyent, y lo vemos permeando cada gesto.

Viernes y sábado, música en directo

Si el menú cierra la carta para abrir la experiencia, la música de los viernes y sábados propone cenas entretenidas, un marco perfecto para disfrutar de la velada. El jardín interior del Windsor acoge actuaciones en directo que convierten la cena en una excusa para olvidar que la ciudad está ardiendo y seguiremos en ella durante todo el fin de semana.

Basta con imaginar la escena: un guitarrista canta junto a un muro oxidado y un jardín vertical, la luz cálida recortando su silueta, mientras en la mesa de al lado alguien comparte los platos y sirve el vino. Nadie mira solamente ni al escenario ni al plato. Es el tipo de noche que se repite con cualquier excusa. Clase y diversión, producto y territorio, cocina y música. Que no son incompatibles ni en Buckingham ni en el Eixample.

Para quienes conocen el Windsor de siempre, es una razón para volver con otro ángulo. Para quienes aún no han cruzado esa puerta de Còrsega, es la excusa perfecta. Porque si Barcelona arde este julio, el jardín del Windsor arde también, pero de otra manera: con una copa de vino en la mano, una sobremesa que no quiere acabar, y un rincón céntrico de la ciudad que, incluso a 40 grados, guarda sus secretos. Ardiendo, ardiendo. Justo aquí, en el corazón.