Definir Dijous como el restaurante de moda en Barcelona puede sonar un poco absurdo. Normalmente cuando se escuchan estas cosa dan ganas de salir corriendo dirección contraria ante el penúltimo y previsible local canallita de turno.
Pero resulta que Bar Dijous está de moda, hacen las cosas muy bien y se han convertido en casi un modelo alternativo ante una gastronomía gentrificada.

La historia de Dijous daría para varias historias. Se podría contar, por ejemplo, que aquí uno puede encontrarse con la cocina Joan Vallès, el chef que el año pasado triunfaba en Gegant, uno de esos restaurantes que sonaron mucho pero que no llego a cuajar por, dicen, problemas con quienes ponían el dinero.
El suyo es casi el único nombre que aparece, al menos con apellido, al buscar información sobre Dijous porque este restaurante en realidad es una cooperativa. Una de esas que se toma en serio el concepto de proyecto colectivo, donde las cosas se deciden de forma conjunta y donde, teniendo en cuenta que hay más de una veintena de personas involucradas, seguramente todo es un poco más lento pero más justo.

Pero esta intrahistoria seguramente sólo nos interesa a quienes escribimos sobre gastronomía y restaurantes, resoplamos aburridos al ver otra carta con macarrones y fricandó pero ponemos cara de sorpresa y esperanza al descubrir que aquí no es una simple estrategia de marketing para subirse al tren, sino que Dijous quiere ser un bar diferente. De esos en los que los "macarrones de la yaya" te los crees de verdad.
Ubicado en la bonita, peatonal y fresca Concell de Cent, lo importante de Dijous es que ofrece una cocina honesta y sencilla a base del recetario clásico catalán, con precios justos y en un horario amplio que permite ir casi en cualquier momento del día. Es el secreto de su éxito desde que abrió en febrero y que hace que sea más que recomendable reservar pese a que trabajan desde las 9:00 de la mañana -con una carta reducida de esmorzars de forquilla- hasta las 11:00 de la noche, con una fórmula entre semana basada en elegir un plato, y pagar un poco más para convertirlo en menú.

Cap i pota y vino en porrón
Sábado al mediodía, rozando ya la primera hora de la tarde y sigue estando lleno. Hay mesas grandes por si alguien se anima a compartir espacio. Nos gusta, sobre todo cuando, por casualidad, acabas hablando de vinos con el que resulta ser el padre del cocinero. La carta de comidas y cenas llega sin sorpresas. Ni nadie las espera en un sitio donde, de entrada, sirven bien las cañas y a 2,6 euros la doble y 1,7 la pequeña. En Concell de Cent, ojo.
De entrantes una ensaladilla (rica, pero sin más), mucho más interesante la sardina ahumada con berenjena escalivada. Entre los clásicos, se quedan pendientes el fricandó y los caracoles, y vamos a por un cap i pota impecable, de esos que la cesta de pan acaba vacía y los labios pegajosos. Se habla muy bien de los macarrones de la casa, aunque diferente a los que Vallès hacía en Monocrom antes de que este plato tan popular también pasará a engrosar una columna en el Excel de la gentrificación.

En la carta aparece como “pasta catalana”, lo que deja cierto margen creativo en la cocina. Otro clásico de la casa son las legumbres: cada semana ofrecen una, que cuecen ellos mismos. Otro plato que cambia cada semana es el escabeche, de sardinas en nuestro caso. Ofrecer legumbres o un escabeche casero, qué locura. Gestos de esos que deberían parecer comunes en una casa de comidas pero que en estos tiempos suenan mucho más exóticos que el bao de quinta gama de turno.
El suquet de pescado, nos cuentan quienes ya son habituales de la casa, merece mucho la pena, pero como la idea es ir poniendo cosas en el centro para compartir vamos con la bandeja de butifarras con montees y patatas. De postre, fresas -hace unas semanas estaban en su mejor momento- con nata, pero nos quedamos con ganas de probar el flan que también tiene muy buenas críticas.
La carta de vinos no desentona con la filosofía del lugar. Pequeña pero interesante, mandan los vinos de poca intervención, hay algún brisat (orange) y ancestral y, como curiosidad, los que se sirven a copa también se pueden pedir en porrón. En cualquier otro sitio, es verdad, parecería postureo para la foto, pero aquí nos lo creemos. Tanto que ya hay ganas de volver a probar esos macarrones y el suquet.