La gentrificación de un plato de macarrones

COLUMNA | En ese ejercicio por dignificar platos que siempre han sido muy dignos y que, en realidad, nadie ha pedido que se redignifiquen, hay quienes se están pasando de frenada

Iker Morán, periodista y autor en Hule y Mantel

Periodista

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La gentrificación de un plato de macarrones / Instagram
La gentrificación de un plato de macarrones / Instagram

Los pijos han descubierto los macarrones. En realidad, siempre supieron que estaban ahí. Los macarrones con tomate, ese plato que, cuando la chica está de puente —cómo está el servicio— hasta ellos saben cocinar. Tradicionalmente denostado como opcion de menú del día batallero o de La Tagliatella en días de fiesta, de repente se ha convertido en un clásico de las cartas de locales nuevos, incluso en sus barrios de la zona alta. Y así, casi sin darnos cuenta, nos han gentrificado los macarrones para hacer de ellos la bandera de toda casa de comidas moderna que se precie.

Lucha de clases en versión gastronómica que en esta dinámica turbocapitalista ha ido a lo que realmente importa: conseguir que nos parezca normal que un plato de macarrones ronde los 20 euros. Que sí. Que la pasta de calidad hay que pagarla, que la inflación está por las nubes, y que, seguramente, pronto descubriremos que los macarrones también pasaban por el estrecho de Hormuz y, claro, con lo de Irán y todo eso, hay que salvar la hostelería.

Y así, casi sin darnos cuenta, nos han gentrificado los macarrones para hacer de ellos la bandera de toda casa de comidas moderna que se precie.

Me han cobrado 18 euros por un plato de macarrones y no era para tanto”, nos explicaba el otro día alguien refiriéndose a uno de esos locales de la zona alta donde los jóvenes de buena familia socializan con la sensación de estar en un bar de barrio. Como de esos que hay de Diagonal para abajo, ya sabes. Pero sin bajar, se entiende.

Puede que no fuera para tanto, cierto. Pero hay que reconocer que unos macarrones bien hechos, como se estila en esta nueva generación de locales que lo ofrecen, tienen su trabajo. La mayoría tiran de refritos preparados sin prisa, una salsa que no escatima en carnes nobles y, claro, pasta de calidad cocinada en su punto. Que una cosa es hablar de los macarrones de tu abuela por aquello del stroytelling y otra dejarlos pasados como ella.

Pero, como siempre, el problema no es tanto el precio sino el agravio comparativo. Por ejemplo, en Barcelona debería ser ilegal cobrar más por un plato de macarrones que lo que valen en Al Kostat de Jordi Vila donde llevan años, antes de que se pusiera de moda, ofreciendo un plato de macarrones de primera por 15 euros.

Nadie dice que la pasta tenga que ser un plato barato. Incluso sin tener que recurrir a trufa, bogavante o cuchara de caviar. En Trippa, el restaurante más deseado y con más lista de espera ahora mismo en Milán, sus tagliatelle con mantequilla y parmesano salen por 19 euros. Los hacen ellos mismos, y recurren a los mejores ingredientes posibles para convertir un plato extremadamente sencillo en algo extraordinario. Pero claro, es que hay platos de macarrones ahora mismo en Barcelona que rondan esa cifra.

Me lo explicaba el propio Diego Rossi recientemente en Madrid Fusión. Al principio nadie pedia el plato de pasta, el único de la carta en su popular trattoria. Cuando la gente sale a comer o cenar fuera, decía, no quiere algo que puede preparar en casa, así que tocó convencerles de que esos tagliatelle eran algo especial, diferente.

En ese ejercicio por dignificar platos que siempre han sido muy dignos y que, en realidad, nadie ha pedido que se redignifiquen, hay quienes se están pasando de frenada.

Ese es, seguramente, el problema de los macarrones gentrificados que han invadido Barcelona. Por muy ricos que estén, por mucho trabajo que tengan y por mucho Comté gratinado que se les ponga por encima, todos tenemos más o menos una referencia clara de cómo son unos buenos macarrones caseros y lo que pueden costar y no. Así que es imposible resistir la tentación de, entre bocado y bocados a esos macarrones servidos en vajilla Duralex mientras suena un vinilo de fondo, hacer nuestro propio escandallo.

Y llegar a la conclusión de que, en ese ejercicio por dignificar platos que siempre han sido muy dignos y que, en realidad, nadie ha pedido que se redignifiquen, hay quienes se están pasando de frenada. A su favor hay que decir, es verdad, que las recurrentes críticas a la alta cocina y sus tonterías, y las alabanzas a las recetas sencillas de toda la vida como reacción a espumas y especificaciones les ha dejado, nunca mejor dicho, el plato en bandeja.

Solo faltaba que alguien se animara a dar el paso de poner unos macarrones a 18 euros en su carta, que los influencers y foodies de turno dieran palmas en Tikok y que la prensa —sí, también tenemos algo de culpa— comenzara a hablar de la simpática moda de Barcelona que, repleta de estrellas Michelin, ahora prefiere comer macarrones.

Y tras los macarrones vendrán, no sé, los huevos rellenos que ya apuntan maneras como el próximo plato popular que los 'gastrogentrificadores' ya han puesto en su diana. Y sin darnos cuenta dentro de poco estaremos haciendo listas de los mejores locales de la ciudad para comer huevos rellenos por menos de 15 euros. Sí, como con las gildas, pintxo sencillo y popular pero que está a punto de cotizar en el IBEX 35.

El problema no es el precio de un plato de macarrones o de un café de especialidad sino los sueldos de este país, lo sabemos. Pero saberlo no quita el miedo a que pronto se den cuenta de que una lata de sardinas en conserva es un auténtico lujo asequible y se animen también a gentrificarlo.