La Bodega Montse, ubicada en el barrio del Raval de Barcelona, es de esos lugares que te quedan en la memoria, hayas entrado en él una o mil veces. Es de esos bares en los que, inevitablemente, te sientes espectador porque, como bien dicen los responsables del cortometraje documental Montse. La penúltima bodega, te traslada a "una Barcelona que ya no existe".
Ellos son David Salvador, Jordi Busquets y Víctor Solsona e integran el colectivo Cultibar, un proyecto de "gastronomía poética", dicen, nacido en 2012. Y con ellos hemos hablado de este corto, el sexto que firman y que acaban de estrenar, este 9 de marzo, en el 29º Festival de Málaga, dentro de la sección Cinema Cocina.
"Este documental es un homenaje a los testigos de una Barcelona que ya no existe, a un tiempo que fue y que ya no volverá, a la búsqueda de la esencia eterna, a los que deciden morir en lugar de adaptarse", exponen.
Toda una declaración de intenciones que leemos al inicio del corto y que introduce 24 minutos de narración en los que nos convertimos en un parroquiano más de este bar que se ha detenido en el tiempo, con polvo acumulado a conciencia en sus botellas y estanterías, antiguos carteles de tauromaquia y una radio colgada en la pared como único hilo musical.
Xavi Quintano, un 'bon jan cincuentón', tal y como lo definen los directores del corto —y no podrían haber acertado más en sus palabras—, es quien abre cada día las deterioradas puertas de madera y la maltrecha verja de esta bodega que acumula más de 130 años de historia, en la calle de l'Arc de Sant Agustí. Quizás uno de los rincones menos amables de un Raval siempre en transformación.

Su padre se hizo cargo de la bodega en 1969; tras su fallecimiento, en 1978, continuó su madre, y, desde 2011, Xavi, con su particular andar, es quien coloca taburetes y barriles, prepara cafés, limpia anchoas con esmero y atiende a un elenco de personajes peculiares, arraigados al barrio, pero también foráneos que no dejan de fascinarse por la atmósfera de un lugar que te absorbe con solo cruzar su puerta.
"Ni por un millón lo vendo", sentencia Quintano. Se resiste al cambio y prefiere que el bar desaparezca con él. Para cuando eso suceda, este documental nos recordará que los bares, eran (y deberían seguir siendo), espacios de vida y de socialización, sin importar si sus tapas o su interiorismo merecen una buena puntuación en Google Maps.
-¿Qué os fascinó más de ese lugar y por qué había que dejar constancia de él?
No huimos del paso del tiempo ni de los nuevos formatos, pero nos gustan los bares como los hemos conocido, sin brunch ni velas ni minimalismo. Nos gusta la figura del hostelero, y la del parroquiano, la de entender el espacio como un segundo comedor de casa, como un sitio de interacción social. Y eso lo tiene Montse. Eso y la historia que podrían explicar esos carteles. La historia de nuestra ciudad. Y todo eso, queramos o no, sea inevitable o no, se está perdiendo. Reflexionemos.

-¿Estaba en vuestros planes iniciales que el bar y sus parroquianos sirvieran de ventana para ver y hablar de la transformación —hacia peor, según ellos mismos— del Raval?
Era la idea, por eso trabajamos bien la producción. Queríamos un lugar que no necesitara guión, en el que su dinámica se moviera sola. Teníamos claros los temas que queríamos tratar y Montse además sumaba ese punto en el que seguro que salían a colación temas como el turismo, la convivencia… Solo esperamos a que todo fluyera.
Nos gusta la figura del hostelero, y la del parroquiano, la de entender el espacio como un segundo comedor de casa, como un sitio de interacción social.
-El gesto de limpiar unas anchoas, el polvo de las botellas… hay muchos detalles. ¿Buscabais que el espectador casi pudiera “oler” el bar? ¿Qué decisiones visuales y narrativas tomasteis en este sentido?
Buscábamos reflejar la realidad del día a día con situaciones y poesía, que la cámara fuera un testigo privilegiado pero invisible de una mañana cualquiera en una bodega del Raval con su liturgia habitual. El espacio es un personaje más y como tal también lo quisimos retratar con sus detalles y personalidad.
-Personajes diversos pasan por la bodega y dan para hablar de temas relevantes: el turista que busca el lugar auténtico, el local que valora la historia del lugar por encima de su oferta... Estas conversaciones están "dirigidas" por vosotros de alguna manera?
Teníamos claros los temas que queríamos tratar —esencia, turismo, inmigración, gentrificación, etc.— y buscamos las escenas y personajes que podrían desarrollarlos mejor, pero las conversaciones son espontáneas. Quisimos hacer cine observacional, sin entrevistas, la cámara como un elemento invisible para el espectador y los personajes.

-¿Tenemos que aceptar la pérdida de estos lugares históricos como algo que forma parte de un ciclo natural o hay que seguir reivindicando su conservación y el apoyo por parte de las instituciones públicas?
Es el quid de la cuestión. No tenemos una respuesta. Como Cultibar tendríamos que decir que sí. Que el corto sirva para reflexionar, aunque no sé si queremos saber la respuesta. Decimos que sí, pues. Aunque si como sociedad se necesitan ayudas para que estos modelos sobrevivan…
Buscábamos que la cámara fuera un testigo privilegiado pero invisible de una mañana cualquiera en una bodega del Raval con su liturgia habitual.
-En un momento en que la gastronomía audiovisual suele centrarse en restaurantes o chefs, vuestros documentales ponen el foco en bares populares. ¿Por qué esta elección?
Fue nuestra elección desde el principio. Los tres somos gente de bar. Es nuestro espacio de confianza, donde nos hemos conocido, donde hemos crecido, donde hemos compartido… El segundo comedor de casa, como decíamos. Y creemos que los valoramos poco. Y eso no quita que no nos encanten los restaurantes y su gente.
-El corto se ha estrenado en el Festival de Málaga. ¿Qué significa para vosotros presentar allí este proyecto?
Es la tercera vez que vamos —estrenaron en 2022 el corto BarMad. Las 7 diferencias, del que os hablamos aquí—. Es muy bonito poder plantear nuestra poética visual y nuestro storytelling en un marco tan grande. Además, sus organizadores son gente muy profesional y muy amable, que consiguen crear un festival que atrae. Y Málaga, ¡qué decir de la ciudad y de sus bares!
