Mientras en las alturas se debate sobre la viabilidad o sentido del menú degustación en un momento en el que la cocina más sencilla y con raíces tradicionales, el producto y las llamadas casas de comida triunfan, hay una cosa evidente: sigue habiendo mucho público que quiere vivir una experiencia gastronómica en formato degustación.
Buena prueba de ellos es la trayectoria de Imprevisto que en los últimos años se ha consolidado en el Eixample de Barcelona a base de un formato con una única propuesta: menú sorpresa.
Desde hace unos meses el restaurante se ha trasladado de su local original en la calle Bailen a Mallorca 308. Una mudanza muy cercana, pero a un lugar que da mas juego a la hora de crear varios espacios y donde luce también una pequeña barra del chef, con vistas privilegiadas a la cocina abierta y, eso sí, sólo sitio para dos clientes por servicio.
Menú de 7 o 10 pases
No es que el espacio o comodidad de la sala haga mejor o peor una cocina, claro, pero sí consigue que un buen menú luzca especialmente. Ese es el caso de este renovado Imprevisto.
Pero el concepto, que le ha valido aparecer como recomendado en la Guía Michelin y la Guía Repsol, se mantiene: el comensal se sienta en la mesa sin saber qué va a comer, elige menú de siete pases (72 euros) o la opción larga de 10 pases (85 euros) y se pone en manos de Luca Pinna y Raffaele D’Avico, al frente del proyecto, para descubrir sobre la marcha qué han preparado ese día.
¿Qué se come en Imprevisto?
Una especie de omakase, por usar el popular concepto japonés, donde la temporada y el mercado marcan la pauta de los dos chefs italianos que hacen lo que podríamos llamar cocina creativa mediterránea.
Hay algún pequeño y bastente sutil guiño italiano, presentaciones cuidadas, platos de cierta complejidad con varios elementos pero donde hay un claro protagonista y buen equilibrio en raciones y duración del menú. Y tambien un precio bien ajustado.
Sin ánimo de estropear la sorpresa a quienes se animen a probarlo, es posible que parte de lo que comimos hace ya unas semanas haya cambiado. El menú comienza fuerte, sin snacks ni aperitivos de bocado, con un riquísimo bikini de crema de cebolla que se invita a mojar en salsa bagna cauda, seguramente la referencia italiana más clara de la propuesta.
Se resuelven muy bien platos que suena a clásicos ya en menús de este tipo (ajo blanco con anguila ahumada, pichón…), y la temporada se reivindica en ideas como la alcachofa en salsa verde con berberechos. Destacable los excelentes puntos de cocción en la carne, el citado pichón, y la corvina que se sirve con espuma de piparra.
Parte dulce, sala y selección de vinos
Hay un punto de creatividad y técnica, pero sin descuidar por ello las claves que hacen que un plato esté o no bueno. La parte dulce mantiene el nivel con platos como un fresco cremoso de limón y albahaca o un tatín de manzana con crema diplomática. La reciente incorporación de un pastelero al equipo confirma la apuesta por no descuidar el fin del menú.
De la sala se sigue encargando Isabella Vivarelli, mientras que Alberto Jaime León se ocupa de la selección de vinos que acompaña al menú y de mantener en forma una bodega interesante y con eminente filosofía viajera.
Abren de martes a jueves sólo por las noches y los viernes y sábado trabajan en turno de mediodía y noche. Además de los menú, también está la opción de barra del chef que incluye el menú largo con maridaje por 140 euros por persona.
¿La próxima estrella de Barcelona? Esa parece la apuesta de la casa y sería algo más que razonable, pero ya se sabe que los criterios de la guía roja son siempre inescrutables.
En cualquier caso, una buena opción y a un precio muy razonable para los amantes de los menús degustación y las experiencias gastronómicas.