El ceramista Marc Marcet llegó a la isla de Menorca desde su Vic natal, junto a Cristina Bosch, autóctona de Ferreries, cuando tuvieron su primer hijo. “Fue una apuesta vital y profesional. Mis tíos eran ceramistas, así que el oficio viene de familia. Yo tenía taller propio, pero con Cristina queríamos un proyecto familiar, vivir aquí y trabajar juntos. Empezamos dando cursos porque sabíamos que funcionaban, pero en cuanto llegaron los primeros encargos, tuvimos que dejar la enseñanza y centrarnos en la producción”, explica Marc a Hule y Mantel.
El taller Marc Marcet Ceràmica, ubicado en Ferreries, en el interior de la isla, es hoy el único de Menorca dedicado a la producción de cerámica para restauración e interiorismo. “Nos dedicamos a la cerámica de alta temperatura; nuestras piezas se cuecen a 1260 grados. Es por ello que son óptimas para la restauración. Además, producimos piezas para interiorismo y arquitectura”, destaca Marcet.
El plato que conquistó a Arabia Saudita
Los primeros encargos fueron platos para cocineros que querían presentar su trabajo en concursos, lo que les dio un gran impulso. “La chef Silvia Anglada, de Es Tast de na Sílvia, nos pidió el diseño de un plato inspirado en una playa muy concreta de Menorca para una joven cocinera. Fue un proyecto muy interesante. Y ahí entramos a jugar con los chefs de la isla”, relata Marc.

Joan Caballo, de Petit Gastrobar y Es Port en Fornells, fue otro de los impulsores. “Nos pidió un diseño de plato muy concreto que concursó en Arabia Saudí en representación de Menorca. Acabó ganando”. La pieza evocaba las barracas de piedra del campo menorquín, una especie de lugar para guardar, principalmente, ovejas. “En él, se presentaba una receta de cordero. Cuando lo comías, el roce de la cuchara con la superficie del plato recordaba al sonido del cencerro. Esto les fascinó”, subraya Marc. Un ejemplo de cómo la vajilla ayuda a construir el relato que se esconde detrás de cada propuesta gastronómica.
Joan Bagur, de Son Ermità; Jesus García, de Dos Camins, o David Coca, de Sa Llagosta, son otros de los chefs que les han encargado vajilla.
El proceso de producción
Desde el taller explican que cada pieza requiere alrededor de dos semanas de trabajo. “Piensa que muchas son personalizadas porque cada restaurante tiene necesidades diferentes en cuanto a tamaño, dimensión o estética”, recalca Marc.

El proceso de producción arranca con el torno, continúa con el pulido y sigue en el horno. “Antes de la cocción, el barro es muy frágil, con lo que hay que ir con cuidado. Por eso hay una cocción previa de ocho horas a 900 grados. Una vez cocido, se hacen pruebas de color, le añadimos el cristal –—el esmalte— y lo volvemos a colocar en el horno a 1260 grados durante diez horas más”, explica.
En todo este proceso se pierde un 10% de volumen, con lo que todo debe estar milimetrado. En el taller, cada paso se anota en una agenda donde se registran tiempos y procesos, una manera de ajustar precios y mantener control total sobre el proceso. Una correcta cocción del barro favorece el resultado final del esmaltado. “Si salen burbujas o se pega, es defectuoso”, aclara Marc.
Marcet destaca que se evitan repetir diseños para clientes diferentes. “Si un restaurante o un hotel me pide algo muy específico y otro me pide lo mismo, le decimos que no por un tema de respeto. Siempre debe haber una variación”, subraya.
Tanto los diseños como las bases de colores y esmaltes son propios. Y los precios pueden oscilar desde los veinte euros hasta los 150 o más, dependiendo de las características de cada diseño. “Es artesanía. Son piezas hechas al torno, modeladas a mano, una a una”, destaca.
Una cerámica que se inspira en el entorno
El vínculo con el territorio está muy presente en las piezas del taller. De hecho, aunque Menorca se suele asociar al mar, el ceramista reivindica su interior rural: “Es cierto que se vende mucho pescado o que se habla de langosta, pero, para mí, Menorca es de interior. También somos de sobrasada y de recetas tradicionales como el oliaigua. Y se nota cuando vienes aquí. El campo está muy presente y en pueblos como Ferreries o Mercadal, se vive mucho ese espíritu rural. En mis diseños se recoge un poco esta idea”, apunta.

Las piezas son de colores neutros, líneas puras y cómodas. “Para mí es fundamental que sean funcionales. No pueden pesar excesivamente, no hacen ruido cuando las rozas con los cubiertos, son resistentes, aguantan el lavavajillas y tienen ese toque de diseño”, afirma el ceramista.
Marc reconoce que sus diseños tienen muy presentes la alfarería tradicional, siguen la línea europea, pero que, además, tienen “un toque oriental”.
“Falta vajilla de calidad en algunos restaurantes Michelin”
El éxito de los cursos de cerámica en los últimos años ha propiciado que esta disciplina se vincule más a un hobby que a un oficio. “Me gustaría hacer entender a la gente que la artesanía no va de folclore, sino que es un oficio que requiere formación. Yo estudié un grado medio, otro superior y he ido especializándome en técnicas”, reclama.
Marc comenta su sorpresa al comprobar que en algunos restaurantes con estrella Michelin la calidad de la vajilla no está “a la altura del producto que sirve”. Ya no solo a nivel estético sino formal. “Ves que ofrecen un producto espectacular encima de un plato que, técnicamente, no cumple los requisitos de diseño, funcionalidad... Es incómodo comer en ellos, no son prácticos o hacen mucho ruido, algo que se puede evitar con el esmaltado”, especifica. Y añade: “Nosotros utilizamos gres y porcelana para evitar sonidos incómodos. Son barros muy duros, con nada de poro”.

El ceramista también explica que su experiencia con los cocineros le ha enseñado que la personalidad de cada uno de ellos se nota en su restaurante. “Cada chef tiene su manera de entender la comida y el plato debe acompañarla. Algunos son meticulosos hasta el milímetro; otros nos dan libertad total”.
La venta online, la asignatura pendiente
A pesar de las limitaciones logísticas —el peso de las piezas encarece los envíos y dificulta la venta online—, el taller ha logrado reconocimiento más allá de la isla, con pedidos a países como Francia o Suiza. Más allá del charco, el tema se complica. “Solo somos dos, con lo que, a veces, no damos abasto. Y es complicado encontrar una plataforma adecuada para enviar cerámica. En ocasiones, clientes canadienses o americanos nos han pedido piezas, pero como va a peso, el coste del envío igual sube a 400 o 500 euros, con lo que no hemos cerrado la venta”, comenta Cristina Bosch, la otra mitad del taller.
A modo de anécdota, la pareja cuenta que la procedencia de los turistas marca el color del pedido. “En general, nos piden mucho el azul. Pero así como los franceses tienden a los colores neutros, los ingleses prefieren rojos o naranjas”.
Marc Marcet y Cristina Bosch, desde su taller menorquín, no solo preservan la identidad artesanal de la isla, sino que, con cada pieza, amplifican el relato culinario de quienes cocinan sobre ellas. Su cerámica se convierte así en un lenguaje visual que traduce la sensibilidad de los chefs en materia y forma.

