Una cocina propia

"España es uno de esos países donde la cocina seguía siendo el corazón del hogar, la excusa de reunión de familiares y amigos y el sitio donde se suele juntar lo mejor de las fiestas en casas"

Sarah Serrano

Historiadora y comunicadora gastronómica

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Ensaladas preparadas para 'take away' / Canva
Ensaladas preparadas para 'take away' / Canva

En el futuro no habrá cocinas en las casas y la alimentación de los hogares dependerá de la comida preparada. Este es el escenario que Juan Roig, creador de la marca de supermercados Mercadona, vaticinó hace algunos meses. La reacción no tardó en manifestarse en artículos de prensa, hilos y vídeos en redes sociales que mostraban su desacuerdo con las declaraciones del señor Roig. No es de extrañar, pues España es uno de esos países donde la cocina seguía siendo el corazón del hogar, la excusa de reunión de familiares y amigos y el sitio donde se suele juntar lo mejor de las fiestas en casas.  

Pero la realidad es mucho más compleja. Puede que el futuro no sea exactamente un mundo sin fogones, sino uno donde preparar la comida deje de ocupar el centro de la vida cotidiana, aunque de una manera un tanto forzada. 

La subida del precio de los alquileres y el turismo masivo está haciendo surgir nuevas formas de vivienda más reducida. En estos espacios, una de las soluciones por la que se venía optando eran las cocinas abiertas, generalmente, hacia el salón o comedor. Algo que sin duda ha favorecido la transformación de éstas en espacios híbridos. Si solo se cuenta con una mesa alta lo normal es que se acabe por desayunar y trabajar en el mismo sitio. Si antes era el taller doméstico, una habitación separada donde almacenar y preparar el alimento para la familia, todo parece indicar que las cocinas ahora funcionarán como comedor, oficina y centro de reuniones.  

Fideos preparados / Canva
Fideos preparados / Canva

Poco a poco se ha ido reduciendo el espacio físico y simbólico que ocupaba dentro de los hogares. Desde soluciones de cocinas ocultas en armarios —que ya existían a principios del siglo XX en el periodo de entreguerras y que ahora son tendencia— hasta residencias pensadas para la externalización del comer, donde apenas hay un par de electrodomésticos destinados a preparar café y refrigerar la comida preparada. Lo que parecía impensable, lo que considerábamos una de las costumbres más arraigadas —las recetas de la madre y la abuela, el tiempo compartido— empieza lentamente a dejar de ser el centro de la vida doméstica.

Cuando la casa deja de poder cocinar, la ciudad encuentra sus mecanismos para hacerlo por ella. 

Al menos así ocurre en lugares como Hong Kong, donde la vivienda está tan tensionada que los apartamentos apenas tienen espacio para colocar una cama y un cuarto de baño de escala casi microscópica. Sin embargo, en los bajos de esos edificios colmena infinitos en altura es difícil no encontrar algún puesto de comida callejera, casera y de precios muy asequibles. Lo mismo ocurre con Singapur, allí los hawker centers han externalizado la gastronomía cotidiana de cada comunidad que habita esta ciudad-estado. Han entendido que cocinar poco en casa no implica renunciar a comer bien, a comer tradicional y variado. Tanto es así que son patrimonio de la UNESCO desde el año 2020. Ciudad de México es otra de las coordenadas donde la gente sacia muchos de sus antojos en puestos callejeros de tacos o gorditas. 

Siempre hay maneras de encontrar alguien que cocine si uno no tiene tiempo o espacio para hacerlo. 

Bandeja de sushi en una imagen de archivo / Canva
Bandeja de sushi en una imagen de archivo / Canva

Pero el caso español es distinto. Si bien tenemos una costumbre creciente de comer fuera de casa, lo hacemos de otra manera. Era el bar, con sus menús del día, el que antes suplía la comida casera a un precio razonable. Aunque en la mayoría de los casos lo hacía de manera puntual, porque en gran medida la culinaria española sigue ligada al cuidado, a la familia y a un concepto muy identitario: la sobremesa. Pero todo sube. Para ti, para mí y para el bar de menú del día al que le cuesta competir con los grandes. 

Aquí no se ha contado nunca con una red de puestos de comida en la calle. Ni siquiera permitimos que los foodtrucks se instalasen en las calzadas cuando empezaron a aparecer en otros lugares. Los bares y restaurantes vieron en ellos un peligro y se empujó a la regulación estricta en los ayuntamientos que acabó por relegarlos a eventos en recintos cerrados. Y ahí es donde las grandes superficies han sabido leer el mercado. Por eso han transformado parte de sus tiendas en bares o cafeterías. Entornos lo suficientemente nuevos y familiares al mismo tiempo. 

Hemos abrazado mejor la comida preparada por otros para consumir en el hogar. Tal vez porque se siga entendiendo el acto de comer como algo íntimo. Por eso el delivery sigue creciendo y cada vez son más los restaurantes que se suman a estas plataformas aunque no siempre les salga rentable. Me pregunto si este es quizás el siguiente paso que vayan a dar las grandes superficies. Si estamos cerca de asistir al reparto de comida preparada a domicilio de Mercadona. 

Lo que empieza a parecer claro es que en una sociedad cada vez más agotada y que ha perdido poder adquisitivo, el verdadero lujo ya no es salir a cenar, sino tener tiempo, espacio y dinero para seguir cocinando en casa. Espero que las cocinas no lleguen a desaparecer nunca, porque si eso ocurre significará que se habrán perdido muchas otras cosas por el camino.