Noma: anatomía de una caída

COLUMNA | La dimisión de René Redzepi no debería engañarnos, la caída de un gran nombre rara vez significa el derrumbe del sistema que lo hizo posible

Sarah Serrano

Historiadora y comunicadora gastronómica

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El chef René Redzepi (Noma) en la serie documental 'Omnivore' de Apple TV+ / Instagram / Noma: anatomía de una caída
El chef René Redzepi (Noma) en la serie documental 'Omnivore' de Apple TV+ / Instagram / Noma: anatomía de una caída

La dimisión de René Redzepi no debería engañarnos. En la industria cultural, en la que incluyo la gastronomía, la caída de un gran nombre rara vez significa el derrumbe del sistema que lo hizo posible. A veces ocurre lo contrario y el escándalo ordena el relato, purga al protagonista y permite que el mito siga intacto.

Noma pierde a su fundador, pero conserva lo esencial: el prestigio, la marca y esa capacidad casi obscena de convertir cualquier cosa —también la violencia, también la culpa— en un nuevo capítulo de su propia leyenda.

No voy a fingir que tengo nada nuevo que contar sobre Noma. A estas alturas, lo esencial ya está relatado, los titulares ya han hecho su trabajo y la maquinaria del escándalo ya está en marcha. Todo eso está ahí, ordenado y disponible para quien quiera repasarlo.

Noma pierde a su fundador, pero conserva lo esencial: el prestigio, la marca y esa capacidad casi obscena de convertir cualquier cosa en un nuevo capítulo de su propia leyenda.

La pregunta, ahora, quizá sea otra. Una un poco más incómoda: a cuántos clientes de Noma les importa esto de verdad.

Si lo pensamos bien, muchos de los que acuden allí —como lo hacen a otros restaurantes alrededor del globo— lo hacen sencillamente porque les posiciona. No van tanto a comer como a ser vistos. La gastronomía, hoy más que nunca, es aspiracional. Es lo que permite que haya restaurantes capaces de elevar el precio de su menú hasta cifras prohibitivas para la mayoría y, aun así, convertir esa inaccesibilidad en deseo. Lo que ocurre tras esas puertas importa, sí, pero también —y, a veces, sobre todo— lo que significa haber estado dentro.

Hay un tipo de cliente que sigue comiendo angulas con la misma serenidad con la que se hacen otras transacciones económicas. Si se venden, ¿por qué no las voy a comer? Para ese cliente todo esto puede, incluso, añadir una capa más de espesor al deseo. El morbo. Incluso con información ética, una parte del cliente seguirá queriendo consumir prestigio.

La pregunta, ahora, quizá sea otra. Una un poco más incómoda: a cuántos clientes de Noma les importa esto de verdad.

Hace unos días, el peridista Carlos G. Cano decía en una columna narrada que le gustaría que existiese una guía capaz de valorar también el trato que reciben los trabajadores. Una especie de Michelin con conciencia social que nos permita reflexionar sobre dónde tenemos que gastarnos el dinero. Me temo que estas preguntas solo interpelan a quienes se han podido sentir abusados en algún momento —quién no ha sido alguna vez becario sin remunerar ocupando un puesto estructural— y no a quienes consumen desde el privilegio. La rueda seguirá girando porque el lujo digiere mejor que nadie sus propias contradicciones.

Llegados a este punto, convendría hacerse otra pregunta: cómo hemos tratado esto desde la prensa. Primero llegó una cautela extraña; después, las columnas de opinión; y, por último, las recopilaciones en forma de crónica bajo titulares lamentables. Lo siento, no todo vale.

A mí también me pasó. Vi los primeros stories, sentí la pulsión inmediata de escribir y entendí perfectamente por qué tantos otros la sintieron también. Era una historia demasiado perfecta como para no activarnos. Y quizá precisamente por eso convenía desconfiar un poco más de nuestra propia urgencia. Porque cuando una historia confirma demasiado bien lo que ya sospechábamos, el sesgo de confirmación se vuelve una tentación casi irresistible, también en el periodismo.

Primero llegó una cautela extraña; después, las columnas de opinión; y, por último, las recopilaciones en forma de crónica bajo titulares lamentables. Lo siento, no todo vale.

No lo digo porque me cueste creer lo que se ha contado. Me lo creo. Me lo creo porque quienes llevamos años orbitando de una u otra forma alrededor de este mundo —cocineros, camareros, periodistas, productores, proveedores— hemos escuchado demasiados relatos de jornadas interminables, humillaciones, violencia verbal, acoso sexual y laboral que la gastronomía ha normalizado durante demasiado tiempo en nombre de la excelencia.

Precisamente por eso me incomoda aún más cómo hemos contado este caso. Una cosa es que las redes sociales funcionen como detonante y otra muy distinta que las tratemos como si fueran un sustituto del trabajo periodístico. Las redes multiplican, visibilizan, empujan. Han conseguido forzarnos a mirar donde durante años no hemos querido. Pero no pueden convertirse en una coartada para dar por contrastado lo que solo ha sido expuesto.

No me costaría imaginar que dentro de unos años un documental impecable, una entrevista larga o un libro nos devuelvan a un Redzepi ya purificado bajo la fórmula del genio atormentado.

Que algo circule con fuerza, que venga envuelto en testimonios verosímiles o que encaje con todo lo que ya sospechábamos no debería bastar para que el periodismo se limite a recogerlo, ordenarlo y publicarlo con un titular eficaz. Las redes pueden romper silencios. Lo que no deberían hacer es reemplazar el contraste.

Ahora que la dimisión ya está hecha, conviene desconfiar también del siguiente paso: la redención. No me costaría imaginar que dentro de unos años un documental impecable, una entrevista larga o un libro nos devuelvan a un Redzepi ya purificado bajo la fórmula del genio atormentado. No quiero, aun así, terminar del todo en el cinismo. Es evidente que algo se está moviendo, aunque sea despacio y con demasiadas resistencias. Hay una generación menos dispuesta a romantizar ciertas violencias envueltas en prestigio. Y es ahí donde empiezan a gestarse nuevos líderes.