Ni restaurante ni menú especial: así celebran Sant Jordi muchas familias catalanas en casa

Más allá de rosas y libros, la Diada también se culmina alrededor de la mesa con unas comidas y cenas informales a base de algo tan catalán como el pan de payés, los quesos y embutidos

Guardar

Embutido típico de Catalunya / CANVA
Embutido típico de Catalunya / CANVA

Sant Jordi tiene algo que pocas fiestas consiguen: convierte la calle en una celebración y la casa en una prolongación natural de ese ambiente.

El 23 de abril, Cataluña se llena de puestos de libros, rosas recién cortadas y paseos sin prisa, pero cuando cae la noche, entre quienes se han dejado las suelas entre paseo de Gràcia y plaza de Catalunya, la fiesta se desplaza a la mesa de una manera tan informal como su errático paseo entre paradas. No suele haber un menú solemne ni una receta cerrada, pero sí una forma muy reconocible de comer, incluso con las lonchas de embutido convertidas en improvisadas rosas.

Tradición, producto y costumbre familiar 

En muchas casas, la jornada incluye una merienda o cena que mezcla tradición, producto y costumbre familiar. Con pocas ganas de cocinar, rendidos tras un paseo tan largo como intenso, es muy habitual poner sobre la mesa a lo largo de la jornada un poco de pan de payés, servido con aceite de oliva y tomate restregado, acompañado de una tabla de embutidos: fuet, jamón, llonganissa, chorizo suave o lomo curado.

Pan con tomate en una imagen de archivo / CANVA
Pan con tomate en una imagen de archivo / CANVA

Esta es una comida sencilla, doméstica, que encaja con el ritmo del día, cuando se vuelve a casa con una rosa en la mano y un libro bajo el brazo.

Pasteles con senyeres 

Sant Jordi es una de las expresiones culturales y cívicas más singulares del calendario catalán, una fiesta que une literatura, convivencia y tradición popular. Y, como ocurre con toda tradición profundamente arraigada, la gastronomía ha acabado encontrando su lugar, y no solo la de los pasteles con senyeres: también una forma de rematar el día con una manera de comer muy a la catalana consistente en picar algo (supuestamente) ligero, y para lo que se venden bandejas y cajas especialmente preparadas.

Incluso hay quienes llevan más al extremo esta combinación de elementos festivos y en lugar de regalar una rosa o un ramo de estas, compran para la persona a la que aman un apetecible ramo de fuets para degustar en compañía o quesos en forma de corazón. Algunas marcas especializadas incluso proponen rosas de quesos o tiramisús con forma de flor, también cajas de regalo repletas de embutido para compartir entre dos.

Pa de Sant Jordi

Sin duda, uno de los grandes protagonistas del día es el pa de Sant Jordi, un pan festivo que se ha convertido casi en un icono gastronómico de la fecha y que, entre sus usos, está la degustación con suculentos acompañantes.

Creado por el panadero barcelonés Eduard Crespo a finales de los años ochenta, combina masas con queso y sobrasada para dibujar en el corte las cuatro barras de la senyera. Hoy es casi imposible pasar por una panadería catalana el 23 de abril sin verlo en el escaparate.

El pan de Sant Jordi y el dragón croissant de Brunells / Cedida
El pan de Sant Jordi y el dragón croissant de Brunells / Cedida

Junto a él, no suele faltar una selección de quesos, desde semicurados hasta variedades más cremosas, y algo de coca salada o de recapte en algunas zonas. La idea no es tanto cocinar un plato concreto como preparar una mesa que invite a compartir, picar y seguir alargando la conversación sobre los libros recién comprados.

En muchas familias también aparece el toque dulce. Algunas pastelerías elaboran pasteles con forma de libro, rosas de hojaldre o tartas inspiradas en la Diada. Pero en muchos hogares el sabor del día sigue estando en lo sencillo: una cena fría, de producto, que termina de redondear la catalanidad y romanticismo de este día que en Cataluña tiene aire de día de los enamorados tras la leyenda del dragón, el caballero y la princesa.

Atmósfera culinaria 

Bajo ningún concepto Sant Jordi tiene una receta única como Sant Esteve con los canelones o Sant Joan con la coca. Tiene, más bien, una atmósfera culinaria: comida fácil de compartir y de preparar, producto local y algo de celebración improvisada, la que siempre está en las horas esta jornada: un día no festivo pero lleno de ociosidad.

Quizá por eso funciona a tan gran escala: sabe a costumbre real y no a ritual impuesto. A ese momento en que la mesa se llena de pan, embutido y queso, también una copa de vino, mientras en el salón alguien hojea el libro que acaba de comprar en rambla Catalunya. La velada huele a rosa, a papel nuevo, pero también a pan tostado, tomate maduro y una cocina que no necesita complicarse para sentirse festiva.