Malnutrición e inseguridad alimentaria: la nueva brecha social

COLUMNA | La opulencia navideña contrasta con la precariedad diaria: muchos se enfrentan la cuesta de enero con alimentos baratos y poco nutritivos, reflejo de la brecha social

Inés Butrón. Autora en Hule y Mantel

Escritora, periodista y profesora de Historia de la gastronomía

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Mujer comparando precios entre diferentes productos envasados en un supermercado / Canva
Mujer comparando precios entre diferentes productos envasados en un supermercado / Canva

Aun con el último roscón de Reyes por digerir, la mayoría de los ciudadanos nos enfrentamos a la temida cuesta de enero. La alegría derrochona toca a su fin y pasa inexorablemente por un reajuste del gasto alimentario, el único aspecto sobre el que el ciudadano medio cree poder ejercer cierto control.

Pero, paradójicamente, en este momento en que la alimentación está prácticamente garantizada en los países occidentales, las decisiones alimentarias individuales no son ni libres ni arbitrarias. La comida sana y de calidad es cada vez menos accesible, sobre todo entre las clases más vulnerables, por lo que, tras el lapsus navideño y sus opíparas mesas, la malnutrición asoma de nuevo la cara con diferentes maquillajes. 

Tras el lapsus navideño y sus opíparas mesas, la malnutrición asoma de nuevo la cara con diferentes maquillajes. 

Volvamos, pues, a la cruda realidad y comparemos el tipo de menú excepcional que hemos servido durante las Navidades con los ordinarios del resto del año, calculemos cuánto hemos pagado por ello y por qué nuestra cesta navideña de la compra ha sido una de las más caras de la década. ¿La cantidad, la calidad, los productos gourmet?

Empecemos por la parte proteica. Si se decantó por las aves de corral seguro que degustaría un animal perfectamente criado con cereal durante al menos cuatro meses, de carne jugosa, sin esa textura de serrín que seguro que ha notado en las bandejas de pollo del súper, con garantías de estar exento de gripe aviar. Eso sí, por un precio cinco veces mayor. Incluso, si ha comprado unos simples huevos de gallina felices, habrá pagado lo suyo.

Por el clásico cordero o cabrito —de pasto, si puede ser— habrá pagado para una mesa de doce personas unos 320 euros, pues se llevaría como mínimo media canal con un peso de aproximadamente seis kilos a 26 euros kilo, según mi carnicera. Si se llevó una buena ternera pagó por el solomillo entorno los 45 euros kilo y por el txuletón, unos 60 euros el kilo. ¡Un lujo a la altura del marisco!

El cerdo no le habrá apetecido porque no le parece lo suficientemente gourmet para estas fechas, o porque sobrevuela sobre este animal la amenaza de una epidemia que tarde o temprano lo estigmatizará o encarecerá para afrontar el drama económico que conlleva la bajada de las exportaciones. Del cerdo, tan solo se han salvado los ibéricos y otras razas premium como un pio negro o un porco celta alimentado con castañas.

En tan solo un mes una familia media ha necesitado para comer dignamente —producto fresco de una mínima calidad— casi el mismo dinero que destina a un alquiler medio bajo, algo imposible de sostener.

Si optó por el pescado, seguramente le haría gracia un gran rodaballo de los que les sirven tan solo a los señores que se sientan en los mejores restaurantes, tal vez una lubina salvaje, un gallopedro. Ninguno de ellos a menos de 50 euros kilo. El pseudo salmón coloreado con sabor a tocino no bajó de los 23 euros kilo en su supermercado y el mío. La merluza, ahora menos de moda y, por tanto, más barata, se quedó en el mostrador de la pescadería porque todos la condenaron al ostracismo como portadora de anisakis. De fruta y verdura, más bien pocas en la mesa navideña, excepto como adorno tropical insípido y caro.  

Del mundo dulce, tan solo un apunte: el panettone más barato costaba 25 euros —hay quien se ha zampado varios estos días— y la tableta de turrón de la marca de moda, cada vez más “creativa”, ridícula, minúscula y de peor calidad, en torno a los 15.

Conclusión: en tan solo un mes una familia media ha necesitado para comer dignamente —producto fresco de una mínima calidad— casi el mismo dinero que destina a un alquiler medio bajo, algo imposible de sostener con la regularidad que desearíamos todos. La reflexión es muy sencilla: si podemos comer a diario es porque lo hacemos con productos cada vez peores, de bajo coste productivo y pasándonos normas sanitarias y medioambientales por el forro.  

Tras las fiestas, las colas han vuelto al supermercado donde se expone la comida preparada (...) toca escoger entre las elaboraciones más económicas, con más hidratos, y menos proteína.

Tras las fiestas, sin embargo, las colas han vuelto a los lineales del supermercado donde se expone la comida preparada. Se acabó el glamour gourmet. Toca rebuscar entre los saldos de última hora para llevarse algo de verdura que de otro modo irá a parar a la basura —al mar— envuelta en plástico, toca escoger entre las elaboraciones más económicas, con más hidratos, y menos proteína.

En el pódium, la tortilla de patatas o los macarrones con queso. Para el crío, pizza, snacks y galletas que ha visto en la tele porque España no tiene una legislación que prohíba la publicidad masiva de los ultraprocesados en horarios infantiles. Solo lo hará cuando los problemas de salud derivados de la obesidad tengan un coste más alto que plantarle cara a las multinacionales de la comida basura.

Pero, para ese entonces, habrá creado ya una brecha social enorme entre clases sociales, las que cenan pescado libre de anisakis, ternera madurada y pan de masa madre y los que salvan la noche con pan de molde y chóped. La comida, hoy como ayer, sigue siendo un marcador del nivel de injusticia que toleramos. 

Se crea una brecha social enorme entre clases sociales, las que cenan pescado libre de anisakis, ternera madurada y pan de masa madre y los que salvan la noche con pan de molde y chóped.

Este es, aunque miremos para otro lado, el panorama de la alimentación en España en un área urbana cualquiera de una ciudad cualquiera. Aquí, las proclamas que nos incitan a convertirnos en “activistas de la alimentación para cambiar el mundo” no llegan. Optar por alimentos de proximidad, ecológicos, saludables, de temporada y en su punto óptimo ni se plantea. La urgencia es, simplemente, sobrevivir a la precariedad laboral, al precio inasumible de la vivienda y a la infame comida a la que pueden optar.  

¿La seguridad alimentaria es, entonces, una brecha social? Obviamente, sí. ¿Es mi comida segura? Pues, depende de para quién. Un solo salmón para la Europa pudiente se come lo mismo que una familia senegalesa a la que le han mermado las capturas de sardinas, base de su despensa proteica, para echársela al salmón y a las lubinas del primer mundo.

¿La seguridad alimentaria es, entonces, una brecha social? Obviamente, sí. ¿Es mi comida segura? Pues, depende de para quién.

¿Hemos avanzado en materia de seguridad alimentaria desde aquella década de los ochenta? Por supuesto que sí. Los “bautizos con cal” de la leche o las harinas en épocas de estraperlo quedaron atrás. El caso del aceite de colza adulterado con aceite de motor pasó a la historia como uno de los más vergonzosos del fraude alimentario. Pero, ¿Y ahora?

En el siglo XXI el tema de la seguridad alimentaria es mucho más complejo. Los “envenenamientos” son más lentos, sutiles y sigilosos y afectan a la población a nivel global con menor capacidad adquisitiva, recursos y educación alimentaria. Hoy en día aún se puede morir de hambre bajo las bombas, pero también de malnutrición, de soledad, de abandono frente a las grandes corporaciones que deciden los precios de tu comida, tu pesca y tu cosecha. 

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