Más que una visita al museo de elBulli: mis recuerdos trabajando con Ferran Adrià

COLUMNA | Soy bulliniana y así viví la experiencia de visitar elBulli1846, ahora convertido en museo, un día de reencuentros y emociones intensas

Sandra Lozano, Historiadora en elBullifoundation y autora en Hule y Mantel

Historiadora en elBullifoundation

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Exterior del museo elBulli1846 en Cala Montjoi (Roses) / Foto cedida
Exterior del museo elBulli1846 en Cala Montjoi (Roses) / Foto cedida

Tengo la sensación de que esta columna no la espera nadie, quizás por eso la escribo. No soy una periodista de renombre, ni una crítica gastronómica con prestigio, ni antigua clienta de elBulli. No soy ni cocinera, ni sumiller, ni he trabajado un solo día de mi vida como camarera. Y, sin embargo, soy bulliniana.

Llegué a la fundación en 2014 como quien aterriza en paracaídas. Lo hice en un momento en que se conjugaron dos cosas: mi audacia juvenil con la apertura de un Ferran Adrià ávido de trabajar con gente nueva. Me presenté en la calle Mèxic de Barcelona con mi tesis doctoral debajo del brazo, pensando que a Ferran le interesaría embarcar en el equipo a una arqueóloga experta en cocinas cretenses de la Edad del Bronce.

Ayudar a los cocineros más vanguardistas de la historia a construir el pasado de su disciplina fue un reto muy sugerente

Para mi sorpresa, aquella carambola funcionó. Me convertí en la historiadora del equipo y viví ocho años extraordinarios. Ayudar a los cocineros más vanguardistas de la historia a construir el pasado de su disciplina fue un reto tan sugerente que me alejó definitivamente de mi carrera profesional académica. La gastronomía se convirtió en mi nueva selva a explorar.

La visita al museo elBulli1846 me ha hecho revivir aquellos inicios. Fue un día de reencuentros y emociones intensas. La exposición me gustó tanto como cuando visité aquella del Palau Robert en 2014. Ha conseguido volver a seducirme después del hartazgo que me invadía cuando abandoné la fundación el verano del año pasado. Y es que sí, terminé harta y cansada porque en los últimos tiempos solo me dejaban un rincón que se me hacía muy pequeño. Todo se acaba, es ley de vida.

Ha conseguido volver a seducirme después del hartazgo que me invadía cuando abandoné la fundación el verano del año pasado.

Mi sensación general con el museo es que lo han vuelto a hacer. Un proyecto único, una exposición ambiciosa y, en mi opinión, necesaria, porque su legado merece tener un lugar para el recuerdo.

Me dibujó una sonrisa lo que han llamado el bosque de la innovación: un montón de monolitos llenos de preguntas al azar que puedes leer al principio o al final de la visita, cuando ya te vas. Me hizo rememorar los días en que las preguntas de Ferran marcaban la agenda en la fundación, o cuando le acompañaba en las visitas porque a veces se le ocurrían ideas, enunciadas como haikus, que yo debía apuntar para después desarrollar en una página. Ahora tengo puesto en el currículum que durante una temporada trabajé como neurona en la mente de Ferran Adrià.

Ahora tengo puesto en el currículum que durante una temporada trabajé como neurona en la mente de Ferran Adrià.

Es obligado que comente lo primero que encuentra el visitante nada más sortear la valla de la entrada: la exposición de herramientas de cocina de la Prehistoria. Una de mis aportaciones a la fundación de la que estoy más orgullosa. En aquellos años tuve que adoptar todo tipo de estrategias para ser escuchada.

Cuando trabajábamos sobre la cocina del Paleolítico, en el equipo pensaban que yo no podía encargarme del análisis de las herramientas, los productos o las técnicas de cocina del Pleistoceno porque no era cocinera. "Tú sabrás mucho de historia, pero no tienes ni idea de cocina", me dijeron muchas veces. Así que yo veía a los becarios leyendo sobre raederas, el Musteriense, el Modo 3, los análisis funcionales de industrias líticas... y los pobres escribían torpemente para traducir aquello a su lenguaje. ¡Nunca habían tocado una herramienta de sílex!

Así que por mi cuenta me busqué a un experto que me fabricara un bifaz y una mañana se lo enseñé a Ferran. "Mira", le dije, "Estamos escribiendo sobre esto. Tenéis que cogerlo con las manos si queréis saber qué se pudo hacer con ello". Aquello se convirtió en una colección maravillosa que yo misma organicé y ahora es parte de elBulli1846. Las piezas no están orientadas de forma canónica en las vitrinas, pero, qué más da, están colocadas como lo haría cualquier cocinero o cocinera que pudiera sostenerlas en sus manos, y eso es lo que importa.

Tengo mis más y mis menos con el método Sapiens, que epistemológicamente nunca terminó de convencerme.

La parte expositiva al aire libre está dedicada a la reflexión teórica que fue razón de ser de buena parte de la Fundación, incluida mi labor. Hay piezas geniales, como la que disecciona el plato de pollo al curry en todos los elementos que lo componen. Tengo mis más y mis menos con el método Sapiens, que epistemológicamente nunca terminó de convencerme. El pensamiento sistémico no es santo de mi devoción, como tampoco lo es la idea de que clasificar cosas sea sinónimo de comprenderlas. Soy bulliniana, pero también doctora en una ciencia social más vanguardista en ese sentido. De modo que pasé más o menos rápido por esta parte del museo, no sin contarle algún chascarrillo a mi acompañante sobre los orígenes del método y mis aportaciones al mismo.

Para mí, el disfrute estuvo más en los edificios históricos: la sala, la terraza y la cocina. Es divertido sentarse en la famosa mesa 25 e imaginar que eres uno de esos señores con mucho dinero que conseguía mesa en los noventa para disfrutar del menú. Le sigue la sala, donde la museografía es sugerente, delicada y muy elegante. Y la cocina, con un resumen magistral de las aportaciones que hicieron que elBulli fuera elBulli y que a mí me enamoraron cuando vi el gran documental que las repasa.

Cuánto me costó asumir que los libros de Bullipedia debían ser objetos bellos, impecables a nivel de estilo. En la lucha entre texto e imagen, la segunda siempre salía ganando.

El gusto en el diseño, la combinación de piezas, fotos y discurso, así como el estilo expositivo, son deslumbrantes. Pensé en el choque cultural que supuso para mí trabajar con un jefe para el que la belleza, la armonía y el diseño son una prioridad, incluso en los trabajos más teóricos. Cuánto me costó asumir que los libros de Bullipedia debían ser objetos bellos, impecables a nivel de estilo. En la lucha entre texto e imagen, la segunda siempre salía ganando.

Hacia el final de la visita se encuentra la zona de las relaciones interdisciplinares, una de las grandezas de la historia de elBulli gracias a la cual fue posible mi relación con ellos. Eché en falta un listado de los bullinianos que contribuimos a la vida del proyecto más allá del restaurante. No encontré mi nombre. Por eso quizás escribo esta columna.