En el número 145 de la calle Girona, en Barcelona, se encuentra el restaurante Prodigi, recién galardonado con un sol Repsol y poseedor de su primera estrella Michelin desde 2024. Hoy es lunes y el restaurante está cerrado al público, pero no para su chef y propietario: hoy se trabaja.
Jordi Tarré llega a las 10 de la mañana montado en su patinete eléctrico con un bocadillo en la mano. “Eres de los de patinete”, le digo entre risas. “Después de una jornada de 16 horas en la cocina, no queda energía para otra cosa. Es la mejor manera de moverse por Barcelona”, responde.
Entramos al restaurante por el interior de un edificio viejo del Eixample; escalera pronunciada y paredes estrechas con adoquines ajedrezados. Por la puerta de la antigua portería del edificio se accede a la planta superior del restaurante. Ahí tiene el almacén, las neveras para la entrada de producto y el vestuario donde se cambia el personal. Una mesa redonda muestra signos de vida. Aquí suceden cosas.
Bajando otras estrechas escaleras se llega a una cocina clásica, cerrada y funcional. Del otro lado está la sala, dormida con sus siete mesas redondas recogiendo a las sillas, que, aunque quietas, parecen mecerse en silencio.
Jordi se disculpa encendiendo las luces; va de aquí para allá con su padre y unos técnicos que han venido a revisar una instalación. “No te estreses”, le dice a su padre. Él responde: “Los únicos que se estresan son los jóvenes, yo me ocupo de las cosas”.
La sala, minimalista, luce unas ondas de madera que recogen el espacio superior como las olas de un mar de bosque. En el lado opuesto, una pared de piedra vista. La entrada oficial del restaurante da a la calle y recibe con una bodega a banda y banda y una lámpara de diseño industrial colgando del techo, cuyas lenguas de luz se deslizan en vertical. Jordi por fin se sienta a la mesa y podemos conversar sobre su trayectoria.
-¿Cómo surgió el nombre del restaurante?
El nombre se lo debo a mi padre, que ha sido taxista toda la vida. Cuando ya teníamos el local firmado y quedaban pocas semanas para abrir, en casa barajábamos muchas opciones mientras yo pensaba en nombres de minerales, frutas y verduras. Un día él llegó y me dijo: “Ya tengo tu nombre: Provença, Diagonal, Girona”. Tres calles, mente de taxista que piensa en esquinas y trayectos, y de ahí salió el acrónimo Prodigi. Casi como cantar una carrera. Que además signifique “prodigio” es más un guiño que una declaración de intenciones, pero me hizo gracia y me gustó al instante.
-¿De dónde te viene esa cultura del esfuerzo y el tener tan claros los objetivos?
Me viene de mis padres. No es solo una cuestión de educación, sino de lo que has visto en casa, de actitud y de tener objetivos. En la vida es muy importante tener objetivos; si no los tienes, es muy difícil hacer cosas. Yo, desde los 17 años, tenía claro que quería tener un restaurante en Barcelona, donde estaban mis padres, y eso me ayudó a entender por qué tenía que estar al día, ahorrar y renunciar a cosas por un bien mayor.
Tenía claro que quería tener un restaurante en Barcelona; eso me ayudó a entender por qué tenía que estar al día, ahorrar y renunciar a cosas por un bien mayor.
-¿Te costó mucho encontrar el local?
Sí, miré unos 50 locales antes de decidirme por este; buscaba algo que ya fuera restaurante, “potable”, que no exigiera una gran inversión en obra tras el traspaso y que tuviera un piso arriba para almacén, neveras, vestuario, despacho y zona de personal. Podía haber reformado la cocina, pero no tenía dinero y no he tocado nada, porque tenía claro que el negocio debía ser rentable desde el principio y preferí invertir en la sala.
-La sala es muy limpia, flexible y con personalidad. ¿Cómo la pensaste?
No compré ni los pies de las mesas; son los de la antigua Taberna Hofmann. Lo que hice fue jugar con discos de diferentes tamaños (para dos, cuatro, seis, ocho…) que puedo montar y desmontar. Así adapto la sala cada servicio. En un espacio tan reducido, si no puedes mover la sala a tu gusto, pierdes clientes, y las facturas no se pagan solas.
-¿Cómo entra la cocina en tu vida?
Empecé con 15 años combinando estudios y trabajo. Mi primer trabajo serio fue en el Parador d’Aigua Blava, en un restaurante que llevaba Dry Martini, haciendo arroces. Antes de eso estuve unos meses en la pastelería Escribà, donde aprendí a hacer croissants, masa de hojaldre, buñuelos de viento, a trabajar el chocolate… Ahí entendí que quería dominar un poco todos los ámbitos, no solo la pastelería de obrador.
-¿Y cuándo dices “esto es lo mío”?
Al principio hacía sala y cocina. La sala me divertía porque con 15 años hablas con la gente, tomas comandas… pero en dos meses ya sentí que no era lo mío: ya sabía hacer casi todo a nivel operativo y veía poco margen creativo. En cocina, en cambio, hay muchas maneras de hacer una misma cosa; el campo creativo no tiene comparación.
En cocina hay muchas maneras de hacer una misma cosa, distintos tipos de cocina, mil ingredientes; el campo creativo no tiene comparación.
-Has pasado por el Celler de Can Roca y The Fat Duck. ¿Qué significaron para ti?
El Celler es increíble, pero fui demasiado joven, con 16 o 17 años; no tenía aún conocimientos para entender por qué se organizaba la cocina de cierta manera o qué buscaban con ciertos procesos. En The Fat Duck llegué con 20, ya “curtido”, y ahí sí entendí la organización, la disciplina y la intención detrás de todo.
-¿Qué te llevaste de The Fat Duck a Prodigi?
Disciplina, creatividad y mucho esfuerzo. También una forma de entender la experiencia: allí, por ejemplo, cada cliente rellenaba una especie de cuestionario antes de ir, y el equipo interpretaba sus recuerdos de infancia para incorporar un plato personalizado en el menú. No era “¿cuál es tu plato favorito?”, sino leer entre líneas y traducir emociones en cocina y sala. Esa idea de intención detrás del plato me marcó mucho.
-También viviste la experiencia de irte fuera muy joven. ¿Qué te dio eso?
Irte con 18 años a otro país te convierte en una esponja y a la vez en un flan. Eres muy frágil, muy inocente y estás tú contra el mundo, pero si no te desmontas, esa fragilidad te mantiene alerta. Absorbes detalles, conocimientos, formas de trabajar; mejoras rápido porque estás con los cinco sentidos encendidos.
-Has recibido primero la estrella Michelin y después el sol Repsol. ¿Cómo lo interpretas?
Sinceramente, no lo sé. No conocemos los criterios exactos de ninguna de las dos guías. Ellos también evolucionan sus maneras de valorar, igual que nosotros evolucionamos en cocina.
-¿Cuál es el plato que no ha cambiado desde que empezasteis?
Solo hay un plato que sigue desde el primer día: el helado de ajo negro. Lo acompaño con un té Kashmir, vinagre de Módena, uva… Hace cuatro años, nadie hacía helado de ajo negro en un restaurante. Ahora lo he reversionado y forma parte de un juego con el cliente: no saben que es helado de ajo negro y prefiero que siga siendo una sorpresa.