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Comer, beber... rotular. Los rótulos perdidos en Madrid o cómo poner en valor el patrimonio gráfico

La exposición 'No va a quedar nada de todo esto' reúne rótulos de bares y comercios desaparecidos mientras el paisaje urbano de Madrid se llena de franquicias y cadenas

Maura Sanchez

Gestora cultural

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Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak
Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak

Los bares, cuando mueren, no van al cielo. Pero si tienen suerte, su espíritu irá a parar a otro lugar igual de tierno y acolchado: el del recuerdo en el corazón de alguien. Y si tienen más suerte aún, su cuerpo —en forma de rótulo— entrará en un mundo menos frágil y voluble: el archivo del Colectivo Paco Graco

Un grupo de cazafantasmas castizos cuya misión es rescatar rótulos comerciales antes de que sean engullidos por el contenedor de escombros o reducidos a pedazos por una excavadora, y si te he visto no me acuerdo. Esos rótulos salvados que una vez iluminaron las calles y mercados de Madrid protagonizan la exposición No va a quedar nada de todo esto que se puede visitar en el espacio Centro Centro de la capital hasta el 10 de marzo.

Un paseo por el lenguaje comestible

Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak
Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak

Entre las paredes y los arcos de este Madrid imaginario, salen a tu paso neones que anuncian cacahuetes tostados y palomitas de maíz, toldos que anuncian "Desayunos y meriendas", metacrilatos que dicen “Mantequería” y “Bombonería”, que dicen “Chacina artesana” y “Salchichería”, que dicen “Aves Huevos Caza”. 

Los envoltorios que una vez arroparon los dulces de la Pastelería Kayto o los embutidos de la Jamonería Pedro y Paqui, ahora empapelan un rincón de la exposición. Como la colorida colección de bolsas de Martín Sobrados engalana otro. 

Entre las etiquetas de precios rescatadas de la Frutería Luis Sánchez que lucen sobre uno de los muros se leen variedades de frutas que he tenido que googlear: ercolina (pera), salustianas (naranjas), saronis (caquis) junto a las aguanosas y la borrava, que continúan siendo un misterio para mí. 

Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak
Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak

Y, por supuesto, se leen rótulos de tantas cafeterías como restaurantes y bares. Algunos no te dicen nada, otros te lo dicen todo. Como la Cafetería Zahara y el Bar Prado, dos iconos madrileños de muy distinto pelaje, que se vislumbran tras el gorro de chef de ese tipo de cartón que con su sonrisa y bigote anunciaba el menú del día

Cuando crees que la barra de zinc está a punto de aparecerse ante ti y al otro lado alguien te preguntará “¿Qué te pongo?”, entonces, te topas con otro icono generacional: los antiguos bancos de madera (con grafitis originales incluidos) sobre los que muchas quizá nunca nos sentamos, pero hicieron de mesa para apoyar latas de Mahou, minis de kalimocho y bolsas de pipas. 

Maldita nostalgia, no te esperaba ahora. A estas alturas, con la vista nublada, no queda otra que sentarse. Menos mal que tengo a mano la colección de servilletas de Felipe Hernández. Si ya no sirven para quitarse la grasa, que sirvan para enjugarse las lágrimas. Estos de Paco Graco han pensado en todo. 

Conservar o no un patrimonio gráfico

Rescate del rótulo de Cafetería Azahara / Foto: Paco Granco
Rescate del rótulo de Cafetería Azahara / Foto: Paco Granco

Pero, ¿quién es Paco Graco y por qué rescata rótulos? El Colectivo toma el nombre del tío de Alberto Nanclares y Jacobo Cayetano. Graco fabricó algunos de los rótulos que colgaban (y que puede que aún cuelguen) de los comercios de Madrid.

Antes de que el Colectivo se fundase en 2016, otra persona les había tomado la delantera. Cuando en 2010 cerró la Cafetería Zahara, toda una institución de la Gran Vía, inaugurada en 1930, alguien pensó que esos enormes rótulos no merecían terminar en la basura. Y los guardó.

Ese alguien era Nelson, trabajador de una empresa de reformas. “Nelson, que es boliviano y no tenía ningún vínculo con ese Madrid, creyó que esos rótulos eran importantes. Cuando terminó la obra del Zahara los agarró y se los llevó a la siguiente. Y así fue como el Zahara acabó guardado dentro de los Cines Acteón”, me cuenta Nanclares.

Esto, que parece tan de andar por casa, es el patrimonio. Que una colectividad esté de acuerdo en que algo es importante para ella y decida conservarlo. No hay nada que tenga valor en sí mismo, somos nosotros quienes decidimos dárselo (o no). El rótulo del Zahara era el mismo para Nelson y para los dueños de la cafetería. Lo que no fue lo mismo fue el valor que le dieron uno y otros.

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Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak

Igual que cambiamos nosotros y los valores por los que decidimos conservar algo o destruirlo, lo que consideramos patrimonio también cambia. Además de cambiante, el patrimonio también es conflictivo. El rescate del rótulo del Bar Prado es un buen ejemplo. 

El final de 2014 marcó un hito en el cambio del paisaje urbano y alimentario del barrio de Malasaña. En ese año se extinguieron los alquileres de renta antigua y los nuevos precios eran impagables para muchos locales. Nanclares, junto a otros amigos que ya intuían entonces lo que significaría para la ciudad, acudieron al cierre del Bar Prado. Allí, José, su propietario, les soltó: “¿Cómo no iba a cerrar? ¿Hace cuánto que no venís aquí? Ven y me quedo.” Touché. José estaba todos los días al frente de la barra del Bar Prado, solo que, del otro lado, quienes no estábamos éramos nosotros.

¿Por qué se pierde este patrimonio?

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Exposición 'No va a quedar nada de todo esto' / Foto cedida Lukasz Michalak

“Los que fuimos malasañeros en los 90”, como dice Nanclares, también hemos formado parte de la desaparición de lo que ahora queremos conservar. Pero “desaparecer” es una palabra neutra que no deja ver una realidad más compleja.

Traspasos, jubilaciones y fin de la renta antigua, sí, pero también la larga lista de palabras que terminan en -ón con las que ya estamos más que familiarizados: globalización, turistificación, gentrificación. Si dejamos que la nostalgia nos nuble los ojos demasiado tiempo no alcanzamos a ver todas esas dinámicas que, con diferentes responsabilidades e impactos, modifican la habitabilidad de las ciudades y permiten su homologación.

Por eso, aunque lo parezca, para el Colectivo Paco Graco esta no es una exposición sobre el pasado, sino sobre el futuro. Quizá haya llegado el momento de levantarse del banco y, con las lágrimas bien secas, salir a la calle para sacudirse toda esta nostalgia que se ha pegado como antes se te pegaba el olor a fritanga.

El rotulista itinerante

Dibujos de Tony Encinas / Foto cedida Vicisitud y Sordidez
Dibujos de Tony Encinas / Foto cedida Vicisitud y Sordidez

Paco Graco no era, ni mucho menos, el único rotulista de Madrid. Aunque la mayoría no firmaba sus diseños, hubo un rotulista que creó un estilo propio y reconocible y que hasta tiene un selecto club de fans al que puede que pertenezcas sin saberlo. Si alguna vez te has parado a observar la cristalera de un bar con los dibujos de una espumeante jarra de cerveza, o has sabido que en La Ría sus mejillones vienen de Vigo, ha sido gracias a Tony Encinas

El primero que me puso tras su pista fue Emilio Lage, de las centenarias Bodegas Ricla, al preguntarle sobre cómo la frase “Pida el rico vermut de barril” había llegado a decorar su puerta. Lage me cuenta que Encinas era lo que se llamaba rotulista itinerante y que se pasaba por allí de vez en cuando: “Un día aparecía, se sentaba con sus pinceles y se ponía a pintar y retocar. Hasta que nunca más volvió”. 

“Encinas, como Ochoa, el último rotulista de Malasaña, y otro al que llamaban 'El Maestro', debieron de fallecer a finales de los 90”, me cuenta Diego Apesteguía, quien tras pintar murales y grafitis por encargo, en 2012 abrió su empresa Rotulación a mano.

Un oficio de denostado a premiado

 Trabajos de Diego Apesteguía / Foto: Instagram Rotulación a mano
Trabajos de Diego Apesteguía / Foto: Instagram Rotulación a mano

Apesteguía creció viendo los rótulos de Encinas en las ventanas de esos bares de toda la vida. “Un estilo medio kitsch-cutrecillo”, confiesa, “pero que determinaba mucho la iconografía de la ciudad”. De hecho, varios de sus encargos son de clientes que en el siglo XXI quieren recrear en sus bares esa estética “tonyencinesca” de esmalte sobre cristal

A su idea de apostar por la rotulación a mano, le debemos no solo la restauración de muchos de los rótulos centenarios de Madrid, como los de La Duquesita o la Churrería Santa Teresa, sino la valorización de este oficio. En 2016, el mismo año en que nació el Colectivo Paco Graco, Apesteguía recibió el Premio Nacional de Artesanía al Emprendimiento.  

“A Encinas le veían como un borrachillo que llegaba con su maletín, le pagaban en vino y le daban tres duros y pintaba lo que podía en la fachada. Era una profesión bastante denostada”, explica.

Durante los años 80 y los 90 no es que los rótulos tuvieran una mejor consideración. “En esos años, los rótulos clásicos de vidrio plateado los quitaban literalmente a martillazos y los sustituían por rótulos de plástico que eran lo más nuevo y moderno”, continúa Apesteguía.

Una normativa que no ayuda

Rótulo de Diego Apesteguía para La Duquesita / Foto: Rotulación a mano
Rótulo de Diego Apesteguía para La Duquesita / Foto: Rotulación a mano

Si volvemos a la actualidad, descubrimos que la normativa municipal si bien reconoce el valor histórico y estético de estos rótulos comerciales, no están protegidos por ella, según cuenta Nanclares.

Apesteguía, por su parte, comenta que “mucho patrimonio visual se ha ido destruyendo porque la normativa literalmente te obligaba. El mayor destructor de esta arquitectura blanda o patrimonio comercial ha sido la propia normativa oficial”.

Ambos coinciden en la complejidad de hacer convivir lo antiguo y lo nuevo y conjugar las memorias visuales de tantas generaciones. Y también están de acuerdo en que no se puede congelar una imagen de la ciudad.

Para Apesteguía, “no todo se puede conservar. La ciudad no puede vivir anclada en una estética y unos mensajes del siglo XIX, pero sí luchar por encontrar soluciones que combinen el conservar aquello que para la gente sea emocionalmente más importante y dejar que la ciudad avance”.

Nanclares cree que el patrimonio sirve para pensarnos. “Si no se discute políticamente el patrimonio es una tontería. Se trata de pensar qué patrimonio nos define. Por eso recopilamos todo: para poder exponerlo, reflexionarlo, discutirlo. Para saber qué le importa a la gente”. Por eso, aunque no lo parezca, esta es una exposición sobre el futuro.