Si hace unas semanas os hablábamos de una de las tendencias más en boga en el sector, el crecimiento del consumo de vino blanco —no es que antes no se bebiera, sino que más bien no se le prestó la atención necesaria a este lado del Mediterráneo—, hoy toca fijarse en los vinos atlánticos, gallegos y portugueses.
Pero no blancos. Porque si algo está ocurriendo en el noroeste peninsular es un silencioso y firme regreso de sus vinos tintos históricos. Su carácter, sumado al nuevo interés por los vinos de menor graduación, perfil más fresco, acidez vibrante y marcada identidad territorial, los convierte en vinos de plena tendencia. El Atlántico, que durante las últimas décadas ha sido sinónimo casi exclusivo de blancos, vuelve a hablar también en rojo. Y conviene escucharlo.
La paradoja del 'péndulo del eje Atlántico'
Repasando la historia del vino, encontramos denominaciones y regiones construidas sobre el blanco, ya sean históricas o modernas: Jerez-Xérès-Sherry y Sanlúcar de Barrameda, Madeira, Montilla-Moriles, Rueda, Sancerre, Mosel, Pfalz, Chablis, Alsace o Champagne —donde, recordemos, se utilizan variedades tintas vinificadas como blancas—. ¡Ahí es nada!
Actualmente, algunas denominaciones han sabido estructurarse con gran inteligencia alrededor de sus blancos: Vinho Verde o Rías Baixas, mismamente. Y es aquí donde aparece una paradoja que voy a denominar como 'el péndulo del eje Atlántico', especialmente visible en el noroeste peninsular.
Pero pongamos contexto: esta zona gozó en el pasado de una reputación vinícola extraordinaria. En el siglo XV, los comerciantes ingleses hablaban de la excelencia de los vinos portugueses del Miño y los comparaban con los claretes bordeleses. En esa misma época, los vinos de Ribeiro, especialmente los de Rivadavia, eran un superventas internacional.
En Vinho Verde, la uva predominante era la tinta vinhão (sousón), mientras que en Ribeiro destacaba la blanca treixadura. Es decir, entre Galicia y el norte de Portugal se elaboraban tanto blancos como tintos excelentes, desde Rías Baixas hasta el Dão portugués. Sin embargo, los cambios comerciales a lo largo de los siglos, junto con aranceles y conflictos, perjudicaron a estas regiones en favor del vino de Oporto y los generosos andaluces.
Se trata de regiones que han ido adaptándose a los tiempos, orientando su eje comercial hacia el consumo de vino blanco. En el caso de Rías Baixas, por ejemplo, el consumo local y la venta a granel impulsaban históricamente la producción de blancos, aunque los tintos fueran mayoritarios.
A día de hoy, estas denominaciones del noroeste han sabido crecer, posicionarse y recuperar una reputación mundial. La calidad de los blancos gallegos y portugueses es indiscutible —de ahí no me bajo— y además es tangible: suben los precios y siguen vendiendo; es demostrable en cualquier comercio especializado, donde existe una demanda clara por parte del cliente internacional.
Pero ahí llega la paradoja del 'péndulo del eje Atlántico' que no es otra que el regreso del prestigio de sus vinos tintos tradicionales. Con el calado paciente de una gota malaya, piano a piano, sus tintos vuelven a ganar reconocimiento y cada vez adquieren mayor valor en un mercado del vino que, sinceramente, ya no es tan boyante para muchos.
Esto, si lo sumamos al impulso que han tomado los tintos de baja graduación, más frescos —mayor acidez— y menor extracción, debido a los cambios de gusto en los nuevos consumidores, hace que su renacimiento y su posicionamiento en el mercado actual sea ya una realidad.
7 vinos tintos con sabor atlántico
Por eso, y para atestiguarlo, os propongo a continuación una selección de tintos atlánticos para disfrute del personal.
Pardusco Private (Anselmo Mendes)
La cara tinta del Vinho Verde: vinhão profundo, jugoso y con rusticidad elegante. Para iniciarse en estos vinos sin giros bruscos de timón. Frutos rojos, violetas y un toque ferroso mineral muy chulo. Fresco, directo y gastronómico, amplitud y estructura que pide mesa y cuchillo. Precio: 24,50 euros aprox.
Penhó Dialectic (Penhó Wines, Ricardo Moreira)
Tinto de Vinho Verde fuera de dogmas: ensamblaje de variedades tradicionales (vinhao, rabo de anho y padeiro de basto) trabajado con una lectura fresca y poco extractiva. Atlántico en actitud más que en geografía: fluido, tenso y con profundidad sin peso. Precio: 14,95 euros aprox.
Lomba dos Ares (Fedellos do Couto)
Ribeira Sacra sin maquillaje: mencía floral, frutal —evidentemente— y ligeramente especiada, con fondo mineral. Ligereza engañosa, energía atlántica y un perfil que combina delicadeza con profundidad. La Ribeira Sacra, que me flipa por grado y autenticidad. Precio: 18,50 euros aprox.
A Senda Vermella (Nanclares y Prieto)
Rías Baixas tinto con alma salina: caiño y espadeiro en clave etérea. El mix de varietales molones de las Rías. Fruta roja crujiente, se muerde y saliveas. Hierbas silvestres y un hilo atlántico que marca el camino al mar. Sutil, fragante y peligrosamente bebible. Precio: 19,50 euros aprox.
Albamar O Esteiro Caiño (Albamar)
Interpretación de Xurxo Alba pura del caiño: tinto atlántico salino y salvaje. Fruta roja ácida, notas vegetales delicadas y una textura fluida que lo hace vibrante. Un tinto de costa mostrando la versatilidad tinta a cota 0. Precio: 26,50 euros aprox.
O Raio da Vella Espadeiro (Rodrigo Méndez Bodegas y Viñedos)
Turno de la espadeiro en estado delicado: fragante, liviano y lleno de matices florales. Fruta roja como granada y cereza, especias —pimienta blanca— y mar, mucho mar. Elegancia y frescura persistente, la Borgoña meets the Atlántico o ¿fue al revés? Precio: 24,90 euros aprox.
O Trancado (La Perdida)
Valdeorras radical y telúrico: mezcla de variedades autóctonas —garnacha tintorera y mencía— donde la rusticidad se vuelve belleza. Fresas y moras silvestres, notas terrosas, ahumado fino y una energía casi salvaje. Vino vivo, profundo y sin concesiones, botella abierta que muta y crece con las horas. Precio: 21,60 euros aprox.